UN REMEDO DE DICTADOR Y EL IMPERIO DE LA GRITA

¿Sucumbirá nuestra democracia?  

Martín VIzcarra, el presidente accesitario o accidental -por usar una palabra que se ajusta más a la realidad-, juega peligrosamente a la oclocracia, perniciosa degeneración de la voluntad popular definida desde Grecia como la tiranía de las muchedumbres, usadas en estos días como fuerza impersonal, irracional y llena de vicios e intereses para dejar de lado la protesta democrática y organizada a la que se criminaliza para imponer en cambio, un interesado sentido de la grita que se usa  para justificar decisiones gubernamentales inadecuadas,  respaldadas por el resultado de encuestas anónimas que, a la larga, agudizarán las crisis y producirán dramáticos escenarios cuyas consecuencias revertirán  contra el propio Vizcarra y quienes lo acompañan en esta aventura irresponsable de dictadura encubierta.

El gobierno agoniza y por eso jugó una de sus últimas cartas en medio de la letanía del  discurso presidencial ante el congreso el último 28 de julio. Sin poder exhibir logros concretos, ni dar respuestas puntuales a la crisis que enfrenta, actuó motivado por lo que las principales encuestadoras le dicen estos días, es decir,  que crece la percepción ciudadana sobre la ineficiencia gubernamental, que no ha logrado desvirtuar el hálito de corrupción que lo envuelve tras la más de cuarenta denuncias en su contra, que la protesta en diversas localidades crece de manera exponencial y que la crisis toma al país por asalto tornándose cada vez más violenta e inmanejable, lo que explica la decisión de adelantar las elecciones, como un distractivo efectista a dos años de acabar el período constitucional.

Para los entendidos, por los plazos restantes la medida no se justifica, pero,  si lo expresado ante el congreso en la última parte del mensaje presidencial recortando el período, constituye una real voluntad política, bien podría haberle ahorrado al país una serie de complicaciones derivadas de este jugo perverso en el que él nunca se queda con la pelota, menos, si ésta quema, pretendiendo que sea el congreso el que defina el tema del adelanto de elecciones para parecer que son los congresistas quienes pretenden quedarse, cuando, al amparo del artículo 115 de la constitución vigente, pudo simplemente haber renunciado él y su segunda vicepresidenta y entonces, sin tanto alarde y sobresalto, se hubiera convocado a elecciones.

Pero no. Una perturbada mente sugiere seguir pechando al congreso para lograr réditos inmediatos a costa del país y usando a los efectos a una opinión pública que no responde a movimiento  o ideología alguna, sino a la propaganda de desprestigio estatal para generar una sensación de arrinconamiento que devuelva el golpe que sufrió el gobierno tras la estrepitosa derrota de su candidato, el congresista Daniel Salaverry, quien nadie sabe con qué lógica, sentido de realidad o posibilidad, pretendió una reelección empujado por Vizcarra, quien sin duda usó al ex presidente y otros aliados del congreso, tirando por la borda todo el capital político que podían haber tenido estos padres de la patria sin mucho expertiz.

El gobierno en estas circunstancias  tendrá que hilar fino porque no será tan simple “empujar a las masas”- que tienen un conjunto impreciso e inacabable de pretensiones propias e individuales -,  en campañas contra el congreso, pretendiendo distraernos de los problemas reales y sin haber apagado aún las llamas en el sur y todo lo que humea en el norte del país que nadie reconstruye. El congreso por su parte, deberá recoger -con sentido patriótico-, lo que los ciudadanos sienten, es decir -salvo honrosas excepciones-, ese desprestigio que es producto de  su silencio frente a quienes usaron los procedimientos de la inmunidad parlamentaria para cubrirse impunemente de la justicia como Heriberto Benites actuando como abogado de la mafia de Orellana y encubriendo a Alejandro Toledo, de Mamani y la agresión a la mujer, del general Donaire que sorteó las incriminaciones por robo de combustibles en el ejército, sin detallar las conductas punibles de los “come pollos”, “roba cables” y los que cobraban por traficar con influencias, es decir, el grosero registro de una conducta punible de esa fauna torpe y bruta que llegó de la mano del voto preferencial y el dinero, pero para destruir el parlamento y sus formas democráticas.

Un dato importante. No debe pasar inadvertido que tras el protagonismo en estos días del accesitario presidente, un grupo de gobernadores regionales parecían acompañar diligentemente, respaldando y vibrando de júbilo ante la grita ¡QUE SE VAYAN!. Pero, ¿y ellos?, son parte del proyecto político de Vizcarra y  parecen querer esconder  gestiones desastrosas con signos de corruptelas, comprendidos algunos de ellos en informes de la Contraloría y en las investigaciones por coimas y sobornos de Odebrecht, lo que en la práctica también los somete  al escrutinio y eventualmente a la condena púbica. Los activistas rentados de Vizcarra que en cada una de sus presentaciones exigen que «se cierre el congreso», deberían completar la frase:  ¡QUE SE VAYAN, PERO TODOS!.

El futuro inmediato parece confirmar que la no reelección no fue, en términos generales,  una decisión pertinente, y que las características del proceso de cambio gubernamental planteado ahora por Vizcarra, tampoco. El país está en la encrucijada de no saber cómo y a que costo se harán estas elecciones, sin poder además, ni siquiera, implementar las urgentes reformas políticas aprobadas tras los debates parlamentarios por lo que quienes llegarán al próximo parlamento -en medio de este remedo de proceso eleccionario-, serán en muchos casos personajes sin biografía y con peores perfiles que los que se van en medio de una democracia sometida a la dictadura de la grita.

Una campaña electoral tan corta y complicada, llena de sin sentidos, mantiene abiertas las puertas a mercaderes y pillos, frente a quienes, de seguro, nuestra capacidad de sorpresa y resistencia volverá a ser puesta a prueba cuando aparezcan, gracias al infame voto preferencial y el dinero, algo peor que lo que teníamos. Dios nos proteja.

 

 

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