¿TODO VA A ESTAR BIEN?

Que nuestra historia no sea un recuento de fatalidades

1342639337489-rimac-estar-bien-seguros2.jpgUn bien logrado comercial de televisión ha causado revuelo. En él, una increíble fatalidad -no tan extraña a veces para el ciudadano común y corriente en países sub-desarrollados-, asalta al protagonista, produciendo una serie consecutiva de incidentes que por su naturaleza o gravedad, fácilmente podrían justificar una actitud de desaliento o desesperanza. Sin embargo, lo que nos muestra el comercial que comentamos, es al mismo personaje, levantándose para continuar su camino, una y otra vez, sintiéndose respaldado por una importante compañía de seguros que es la que mantiene su moral (o su actitud) en alto.

Esa puede ser una representación mucho más cercana de la realidad de lo que muchos se imaginan y acaso, una llamada de atención en torno al rol del gobierno de cara a nuestros ciudadanos cuando estos, frente a la adversidad o la crisis de la coyuntura, sintiéndose respaldados por “su” Estado, volverían, una y otra vez, cualquiera que sea “cada momento histórico” que le toque vivir, a continuar realizando todos los esfuerzos necesarios para seguir adelante, construyendo a cada paso cada uno de los hitos de su propio camino, sendero que con entusiasmo además, se convierte en la ruta que todos los demás seguirán, imbuidos del mismo entusiasmo que consagra que el Perú, es más grande que todos sus problemas.

Desde esa perspectiva, nuestros problemas, graves y sucesivos, no serian tan difíciles de resolver si la gente no estuviera tan desalentada y sintiera a su gobernante como “uno más de los que siempre engañan”; los gobernantes deberían construir un único derrotero nacional, con objetivos que involucren a todos, que garanticen el bienestar y generen niveles óptimos de confianza ciudadana, y no como sucede, de rechazo frente a iniciativas que enervan la protesta cuando se pone en evidencia que representan favorecimientos direccionados hacia intereses de pequeños grupos o personas enquistados en el poder.

No es “mala suerte” lo que está detrás de esta “fatalidad” permanente que nos hace parecernos al actor del comercial comentado, sino, la falta de organizaciones políticas que expresen la voluntad ciudadana y a su vez, conviertan la democracia en un instrumento de realizaciones sociales objetivas y no, un estadio de privilegios, corruptelas e impunidad que además, sólo se pone en evidencia cuando cada cinco años, abrumados por la multa, apesadumbrados votantes  acuden por mandato de la ley, a “depositar su esperanza”, o  su hartazgo en una urna electoral.

En un país como el nuestro, en el que se han desarrollado desde el poder formas increíbles de obviar el buen andar ciudadano, no es casual que nuestra estructura -y todo nuestro ordenamiento-, esté construido en desniveles incomprensibles para que los que caminan “chueco”, puedan hacerlo sin tropiezos. Por eso, los gobernantes que no ponen en marcha reformas concretas y en corto tiempo, permiten de una u otra forma el favorecimiento ilegal desde el poder, reeditando como quiera que se llame, las mismas y viejas mañas de la corrupción que termina envolviéndolos.

No es suficiente que propagandicemos que “el Perú ha cambiado” y que discurre por la ruta correcta donde es posible salir de la crisis, ese fenómeno que crea muchos problemas, pero que pocos definen puntualmente y que tiene que ver, más allá de los registros técnicos o puramente teóricos, sobre la forma como hemos sido educados, en torno a nuestras capacidades y a la decisión de construir una democracia que sea capaz de mejorar la realidad que vivimos en la que hay que consolidar el proyecto nacional y una agenda que no nos distraiga en temas de exclusiva coyuntura.

Somos actores de un momento histórico que no hay que perder de vista y, en esa línea de entendimiento, el sentimiento colectivo del “nuevo modelo peruano de desarrollo”, debe dejar de ser un hecho “de suerte” para convertirse en un proyecto factible que comprometa  a todos.

El gobierno debe devolverle la seguridad a la gente, probar que el Estado está al servicio de sus necesidades y que la justicia no tiene precio para que a su vez, la ciudadanía asuma el cambio como una necesidad colectiva, entendiendo que no hay futuro sin cambios en la educación y en la manera de entender nuestras complejas relaciones sociales y económicas como gobierno, pueblo, Estado y Nación.

Una historia llena de robos, traiciones y miseria no ayuda, como si lo hace el registro del dolor y entrega por ideales que constituye una verdad de verdades anidada en el impulso de los sueños y las luchas de todos los tiempos en los que el pueblo siempre dio y fue poco lo que recibió.

A este respecto, debemos llamar la atención al drama de las libertades que hace permisible su mal uso, sobre todo cuando actores políticos llamados a dar el ejemplo la confunden con libertinaje, sin perder de vista que arrancar  los derechos, es un viejo mandato que no ha perdido vigencia, pero entendiendo la lucha como la antítesis de las conquistas sociales y sin que esto nos lleve a la anarquía de suponer –interesadamente a veces-, que hay que quemar la casa para poder modificarla el color de sus paredes.

En medio de confrontaciones populares desmedidas y reacciones gobiernistas faltos de todo tacto y tino, evitemos que la lógica fratricida del “quítate tú, para ponerme yo” nos conduzca a escenarios impensados de ingobernabilidad que mantendrá la zozobra frente al futuro que cada vez se hace más incierto.

Hoy nuestra democracia registra espacios de interactuación ciudadana que permiten incluso la disidencia, la oposición y la protesta, cuando el principio de autoridad está debidamente afirmado. El diálogo y la tolerancia son herramientas de la democracia, como lo es, el uso de los métodos disuasivos que sean necesarios en tanto no se criminalice la protesta, o terminemos en manos de quienes suspiran por modelos autoritarios o autocráticos de triste recordación e innecesaria evocación.

Que el país siga creciendo, que la  inflación esté controlada, que la reducción de la pobreza a niveles impensados hace algunos años se haya producido por la generación de riqueza (empleo) a través del impulso de la inversión público-privada que dinamizó la economía y movió la rueda productiva de manera hasta ahora constante, es un activo que prueba que hay un futuro posible. ¿Es posible entonces, romper esta racha de registros positivos? Claro que sí.

La incapacidad de quienes gobiernan para poner orden, la rebeldía interesada, la anarquía y la politiquería constituyen un cóctel mortal que perturba la democracia y la debilitan, en tanto que la respuesta frente a la protesta sólo  sea violenta o policial, genera un clima de confrontación que produce esa grave percepción de inestabilidad poco favorable para mantener o aumentar la inversión y el crecimiento del país.

Hemos perdido hasta dos oportunidades para salir del subdesarrollo. A inicios del siglo XX con la enorme expectativa del valor del guano y el salitre, los millones del auge comercial terminaron en los bolsillos de unos pocos; en tanto, tras la segunda guerra mundial, con el aumento sustantivo de los precios de nuestras materias primas, pudimos haber cambiado nuevamente el curso de nuestra historia, y no lo hicimos.

Esta es una nueva e inigualable oportunidad en la que debemos probar –más allá de la incapacidad de quien gobierne-, que el país tiene posibilidades y que está dispuesto a no perder el tren de la historia. La gloria del imperio que dominó parte importante de este continente, no se quebró sólo por la fatalidad simplista del desencuentro de dos hermanos que sometieron el futuro de sus tierras y pueblos a una lucha fratricida por el poder y al sometimiento al conquistador.

Aquí, Pachacutec – el gran artífice del imperio inca-,  probó la tenacidad de la visión de futuro de los hijos del Sol, Túpac Amaru que la lealtades y el amor a nuestra tierra produjo un suelo fértil para las libertades, Bolívar y San Martín que la alianza con el pueblo genera una fuerza invencible en la lucha emancipadora, en tanto, Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui y Víctor Andrés Belaúnde, que el pensamiento transformador y humanista guía a nuestro pueblo desde todos los tiempos por la ruta que construye la historia, venciendo a la naturaleza y dejando atrás el odio cainita entre hermanos y la impunidad, sentimiento sustentado en tres códigos de ética: AMA SUA-no seas ladrón, AMA LLULLA-no seas mentiroso y AMA QUELLA-no seas ocioso.

Por lo dicho, si el gobierno actual entiende que es lo que pasa antes que el país sucumba, el asunto podría resolverse reencontrando el camino y produciendo todos los cambios que sean necesarios para volver a la paz social y la ruta del desarrollo, ese tramo que algunos parecieran desconocer. Sólo entonces señor Humala, podremos repetir como en el comercial de marras que: “todo va a estar bien…haga lo que haga, todo va a estar bien…”.