¿SEGUIMOS EN GUERRA?

Perú/Chile tras el fallo de La Haya sobre diferendo marítimo…

1344338153617-Declaratoria_de_Guerra_de_chile_a_Peru_1879_1_.jpg«Seguimos en guerra» reza la frase poco auspiciosa con la terminé el debate sobre las complejas relaciones peruano-chilenas en las que me enfrasqué con estudiantes de la universidad de San Marcos. Sostuve que a los innumerables conflictos derivados de reclamaciones poco felices por todo orden de cosas, incluyendo el origen del Pisco, el dulce llamado “suspiro”, la nacionalidad chilena de la papa Huancaína y el pollo a la brasa, seguirá cualquier otro pretexto, incluso el de las razones de la “diferencia horaria entre ambos países”, para mantener en diversos planos, esa “guerra singular”, absolutamente innecesaria y hasta criminal, que sufren nuestros pueblos por muchísimos años.

Por lo dicho, tengo la impresión –más allá de la ironía-, que en poco tiempo volveremos a lo mismo ya que asistimos a un desproporcionado entusiasmo por lo que podría constituir un fallo favorable para nuestro país de La Corte Internacional de La Haya en el proceso contra Chile planteado por el Perú.

La cosa adquiere ribetes de preocupación al sostener nuestra cancillería que este fallo “integraría los dos países ya que resolvería definitivamente el pretendido diferendo marítimo entre Perú y Chile”. Genial invento declarativo que además suscriben los diplomáticos chilenos para justificar (cada quien en su país) no sólo sus sueldos, sinó su éxtasis, sobre la base de una premisa abiertamente falsa ya que como saben perfectamente por los antecedentes, cualquier fallo exacerbará resentimientos, mantendrá abierta las heridas y latente falsos patrioterismos de los que han vivido traficantes de armas y “los agentes de la guerra” enquistados en ambos lados de la frontera en la que por ironía se erige, en medio de minas y pertrechos militares, un llamado “Cristo de la Concordia”.

Hay que plantear los temas en su real dimensión y alejado de la rimbombancia del clásico discurso de la diplomacia para que  la gente pueda entender que la lógica subsecuente de un conflicto en el que “no existe acuerdo”, sino una sentencia o fallo resolutorio, no liquida la pretensión, ni cambiará  el histórico comportamiento agresivo, bélico e inconforme de nuestro país vecino.

Hay quienes sostendrán que un marcado escepticismo toma por asalto mis viejas convicciones integracionistas. No es verdad. Lo que sucede es que me produce rechazo escuchar las voces de quienes creen que sólo por un fallo, por importante que este sea, se resolverá un conflicto que tiene aristas, planos y hasta niveles de confrontación y que no es exclusivamente legalista. Debemos estar claros en que es largo el camino que nos espera cuando, de ser adversa la sentencia, nuestro vecino, simplemente, decida no acatar el fallo.

Como se sabe, la demanda que el Perú interpuso contra Chile durante el gobierno del presidente Alan García y que frenó el discurso mundial propagandístico de Chile, se inició el 16 de enero del 2008. El  20 de marzo de ese mismo año nuestro país entregó su “memoria”, Chile presentó su “contramemoria” dos años después, el 9 de marzo del 2010 y, el 9 de noviembre del mismo año, el Perú presentó su “réplica”.

Un año después, el 11 de julio del 2011, Chile presentó una “dúplica” con lo que concluyó una de las etapas más largas del litigio marítimo en donde Perú y Chile presentaron por escrito y de manera reservada, todos los alegatos y medios probatorios de su defensa.

Del 3 al 14 de diciembre de este año (2012)  comenzará la fase oral que es pública y la última del proceso, terminada  esta etapa sólo queda pendiente la sentencia de los jueces que debería producirse al concluir el primer semestre del mismo año y, si como suponemos, La Corte la da la razón a nuestro país, entonces aparecerán nuevamente “movidas” chilenas que tienen un largo registro de dobles discursos, y en las que tras largas e interminables peroratas “amigables”, preceden las cartas debajo de la mesa que aparecerán para pretender volvernos a la misma realidad de pretensiones derivadas de un mal juego estratégico basado en intereses locales y sub regionales de las que han hecho uso los gobiernos de Chile, alentados además, por ese lento y exagerado convencimiento pacifista de Lima, que aceptaba debatir en torno a “conflictos” o “diferencias” inexistentes, cada vez que alguien soñaba en Santiago con anexarse un trozo de nuestro territorio.

Hizo bien entonces el presidente Alan García en no permitir que se siente a nuestro país en una mesa de negociación (una vez más) cuando no hay nada que negociar y cuando la pretensión (como tantas) es abiertamente arbitraria e ilegal. Hizo bien en someter a Chile a Tribunales Internacionales probando la insostenibilidad de sus tesis. Hizo bien en no seguir “dialogando sobre diferendos limítrofes” para distraer la atención para fines electoreros, politiqueros o patrioteros.

Pero, ad potras de iniciarse el juicio oral en la Corte Internacional de La Haya en diciembre (2012) y estando  de acuerdo en la solidez de la posición peruana que pesará  al momento final del proceso, las voces (en Santiago y Lima) que exageran  expresiones, sacan de contexto declaraciones oficiales y/o proponen nuevas escaramuzas diplomáticas prueban lo que será la estrategia chilena–independientemente del resultado final del juicio-, de mantener el mismo nivel de controversia que permita encontrar en otros órganos internacionales, o por otros temas, alguna tribuna que permita “per sécula seculorum” (es decir, por siempre), seguir reclamando derechos inexistentes.

Sostener por eso, que con el triunfo peruano mejorarán las relaciones con Chile no es real, no sucederá. Chile no necesita resolver nada para mantener ese clima de reclamaciones permanentes que hace que el tema de la guerra no se cierre nunca porque en la práctica, tampoco le es urgente, ya que la “alianza natural” entre ambos países en los diversos escenarios como el de la Alianza del Pacífico existe y no sucumbirá ya que se encuentran sometidos al principio de la realidad en los que prevalecen intereses comunes y ratificados en sendos acuerdos que si son de interés cumplir, algunos de ellos bilaterales, y que se mantendrán en el futuro porque conviene, sobre todo en el campo del comercio, las inversiones y hasta la migración.

Un viejo principio alude que en realidad no existe acuerdo o sentencia suficientemente inexpugnable como para su cumplimiento absoluto. Ello sólo es posible por la voluntad de las partes para respetarlo plenamente y sin objeciones. ¿Sucederá eso esta vez entre el Perú y Chile cuando se produzca el fallo de la Corte Internacional de La Haya? En realidad, no es tan difícil suponer lo que pasará.

Por eso es que hizo bien el Perú -y en ese camino hay que continuar-, cuando respondió las disputas llevándolas a foros internacionales y alentando simultáneamente acciones puntuales de una integración efectiva en las fronteras, respaldando todas las señales de interactuación entre pueblos hermanos y bajando la presión “chauvinista” cimentada en una larga lista de desencuentros interesados que distanciaron nuestros pises.

Haría mucho bien más seriedad y menos entusiasmo. Medir la sobre-expectativa creada en torno a una sentencia cuyas características han sido descritas en las líneas precedentes es una necesidad derivada de la seriedad de las posiciones peruanas expuestas hasta hoy.

Que se entienda que además de la necesidad de usar las armas legales, es también necesario un real esfuerzo por la paz y el desarrollo que podrían frenar sorprendentemente «la guerra» y resultar beneficioso desde los esfuerzos de la conciencia integradora del Pacto Andino, del Parlamento Latinoamericano, de la Comunidad Sudamericana de Naciones, desde el Unasur, o como quiera que se llamen los mecanismos integradores de la región, para las estrategias que en el plano local, deben redoblar con honestidad las tareas del desminado de nuestras fronteras, reducir las compras de armas,  afianzar la cooperación solidaria entre ambos países, apostando por una lucha común contra la lacra del racismo que nos separa más que cualuqier batalla y de manera incomprensiblemente.

Esos sí que son pasos importantes en la integración y acaso, hasta una victoria común por encima de las teóricas diferencias, ya que no requieren de ningún fallo internacional, sólo del sentido común y de una visión correcta del futuro y del bienestar de ambos pueblos. Que así sea.