REQUIEM A CARLOS ENRIQUE MELGAR LÓPEZ

La muerte de «El Tigre»…

La muerte de Carlos Enrique Melgar López enluta al aprismo y tras sus huellas, marchan los pasos de una legión de hombres libres que se entregaron a una causa dispuestos a fundirse en el ánimo de su fundador como si fuera la razón misma de sus vidas. 

Supo representar con atributos excepcionales y honor al partido que lo encumbró, pero además, a la entrañable tierra que lo vió nacer, Ayacucho. Hoy, tu tarea concluye, descansa en paz compañero.

Era un estudiante secundario del Colegio Guadalupe cuando conocí a Carlos Enrique Melgar López, gracias a la gentil invitación que recibimos para visitar «El Castillo Melgar«, su casa, la misma que está ubicada en Punta Negra, específicamente en el kilómetro 49 de la Carretera Panamericana Sur, célebre entonces entre los visitantes de la zona, por su aparente excentricidad ya que fue construida y amoblada durante décadas con restos y piezas de antiguas construcciones, una torre de un campanario, la proa de una embarcación marítima, dinteles y ventanas de madera,  columnas de pino oregón extraídas de viejas casonas limeñas, y simbólicamente, hasta el primer escritorio que usó tras su retorno del exilio, el mismísimo Víctor Raúl  Haya de la Torre.

A Melgar la gente lo llamaban “El Tigre” en reconocimiento a su actitud siempre alerta, su sagacidad y esa enorme capacidad que tenía para salir airoso en el plano del debate y la polémica. Ya era un notable abogado y representante del foro limeño, aun cuando su Estudio Legal del Jirón Azángaro, seguía siendo discreto y sólo «con lo necesario para planear estrategias«, solía repetirnos una de las ocasiones que lo visitábamos en su oficina de la Asamblea Constituyente, en tanto, en el plano partidario, fue representante ayacuchano en varias oportunidades consiguiendo un prestigio bien ganado tras una vida signada por mucho trabajo, dedicación, luchas, triunfos y lealtades puestas a prueba en infinidad de oportunidades.

Hombre que se sobrepuso sobre las más duras épocas, Carlos Enrique pagó su aprismo con el peso de su militancia política llevada a cuestas y nunca negada, sobre la que impuso su avasallante personalidad. Fue el prototipo del político honesto y el parlamentario que todos admirábamos. Era dueño de un verbo elocuente y vibrante cuyos encendidos discursos podrían transportar a los escuchas hacia los escenarios que quisiera, envueltos siempre en una mezcla de encanto y buen decir, que desparramaba la convicción de quien firme, sostiene una verdad de verdades.

Hace poco tiempo rompió su auto silencio de años, y volvió a nosotros en medio de homenajes que se le tributaron con justeza y que aceptó de buen agrado, era un personaje con los mismos ideales de siempre, pudimos entonces, remontarnos a los cientos de titulares que mereció su afanada y respetada vida pública para que las nuevas juventudes lo conozcan. Pero, pasajero de un tiempo que sabía que estaba por concluir, “El Tigre” partió del plano terrenal hoy, y por eso declaro, como él lo hizo a la muerte de Haya de la Torre, que también estoy perplejo y no sé si hablarle a su alma regada ya de cielo, o hablarle a su cuerpo que se aferra a la tierra. Dijo entonces, y yo repito «…Estoy perplejo  y no sé si estás vivo o estás muerto; porque sobre la muerte hasta los dioses han tenido dudas; y yo las tengo aún más… cuando tu  naciste ¿lo recuerdas? Todos reían, tú llorabas. Hoy con tu muerte ¿lo ves? Todos lloran, tú ríes…»

Que el Paso a Paso a los caídos de nuestra marcha fúnebre toque sus melodías más tristes, que el glorioso Cóndor de Chavín vuele en círculos sobre tu casa -que es la vieja Casa del Pueblo testigo de tantas jornadas de amor por el Perú-, y que a media asta, nuestra bandera indoamericana, esa por la que tanto luchaste, se incline reverente ante tu recuerdo.

Anda Carlos Enrique en busca de los mártires del aprismo, ocupa tu lugar entre las columnas victoriosas del ejército aprista, lleva el justo tributo a los que cayeron en las rebeliones de tus tierras Ayacuchanas que esperan ansiosos tu llegada, saluda al Jefe del Partido y encuentra entre todos, a quienes en nombre de la Justicia, lo entregaron todo en tiempos de dura clandestinidad y persecución sin esperar absolutamente nada a cambio.

Que haya paz en tu tumba querido Carlos Enrique.