REFORMA SIN FORMA

¿El Perú ante una nueva oportunidad perdida?.

Algo grave debe estar sucediendo en el entorno palaciego mas íntimo cuando el primer mandatario, en vez de gobernar, decide disfrazarse en cada lugar que visita para perderse en ofrecimientos locales con evidente tufo electoral y, al mismo tiempo, inmiscuirse en tensos e improductivos debates con autoridades locales, funcionarios de todo rango, parlamentarios, el Fiscal de la Nación, Magistrados del Poder Judicial, y en general, con cuanta persona pareciera estar en desacuerdo con sus propuestas e intereses.

Pero estos son más que simples desencuentros, parecen ser parte de una guerra sin cuartel en el que las descalificaciones fluyen de la mano de interminables acusaciones –cada una más grave que la otra, «escuchas» incluidas-, que producen desaliento y hartazgo entre la gente que ante esta situación, bien podría comenzar a justificar brotes de violencia insurreccional de tan dramática recordación.

Peligroso escenario por el cual los aprietos de unos constituyen las victorias y justificaciones de otros, generando que los aparentes «ganadores» sean “los sin bandera”, es decir, aquellos que conspiran de manera permanente contra el sistema buscando imponer la grita, el linchamiento político, el desorden y la desestabilización.

Que el país aún no registre una situación de alarma en materia económica es bueno, pero debe llevarnos a la reflexión obligándonos a poner fin a este circo romano en el que las cabezas no son un símbolo de victoria, sino, los registros de una absoluta descomposición que se exhibe como trofeo para distraer y desorientar en tanto al mismo tiempo, se mantienen concertaciones dolosas que desde el poder tienen tufo ha grosero negociado.

Si bien la historia de las denuncias que hemos conocido en los últimos tiempos ha permitido mostrarnos rostros de impunidad impensados y que la justicia actúe, no podemos dejar de lado que el propio ex gobernador de Moquegua, Martín Vizcarra ha tenido que asumir parte del costo del drama. Denuncias que no son nuevas, suman cuarentiseís procesos en su contra y como en los más casos, ponen en evidencia que algo huele mal, explicando por otro lado el por qué la necesidad de controlar al Poder judicial y al Ministerio Público, mientras un coro de “angelitos limpios hacen el trabajo sucio del gobierno” señalando compulsivamente  a enemigos –con ventilador prendido-, en claro afán que no vean sus propias vigas.

En este contexto, el fantasma del cierre del Congreso y el nombramiento de una Comisión palaciega para la Reforma Política parecen ir en la ruta del despropósito a la que se suman todos los legicidios propuestos hasta ahora y en el que los gritos de sangre y muerte tras los linchamientos políticos cumplen su propósito distractivo, marcando una agenda conveniente que de alguna manera logra una extraordinaria adhesión popular que cómo llega, se irá volteando con el tiempo, también en horario estelar y afectando a quienes hoy mueven las marionetas desde el pent-house  de los constructores, la cómoda oficina de los dueños de los grandes medios de comunicación o, en los despachos de los operadores beneficiarios de concesiones como la de Chincheros en el Cuzco.

Es el orden social y político el que requiere ser cambiado y son valores los que deben imponerse y para eso se requieren consensos en que es la estructura del país la que hay que corregir si es que se pretende superar de manera definitiva el que la ética pública haya cedido nuevamente posiciones en favor de la corrupción, el acomodo y la impunidad. La reforma debe ser por eso, un proceso inalterable en el que el conjunto de medidas tomadas deben servir para modificaciones de fondo, significativas, irreversibles pero que comprometa el aporte nacionalista y consensuado de expertos representativos, pero también, de las organizaciones populares y sociales dispuestas a poner fin a un estado de cosas que mantiene en vilo desde hace buen tiempo al propio Estado de Derecho y en cruel agonía a una democracia que la gente siente que no le sirve para nada.

Una nueva oportunidad perdidas parece ser el nefasto corolario de la tragicomedia que ha puesto en escena el precario inquilino de la casa de Pizarro Martín Vizcarra, quien cree haber sintonizado con la expectativa popular aupado a personajes sin biografía democrática y pies de barro. La falta de visión de estadista puede hacernos pagar por eso una factura muy alta, sobre todo, porque mantener una conducta impositiva y autocrática conduce al gobierno con maneras poco transparentes al error, dejando de lado asuntos en los que los consensos son viables como lo prueban los avances en una estrategia común en la lucha anti-corrupción, el Código Electoral, la lucha contra la pobreza, la generación de empleo digno y hasta la propia bicameralidad, enmarcadas en plataformas significativas que han sido ahora dejadas torpemente de lado.

Mantener el escandalete puede distraer un tiempo, anima a comunistas que se reciclan en el insulto o el discurso panfletario, pero será inevitable que hoy o mañana se sepa toda la verdad, incluyendo qué intereses se jugaron y el por qué se renunció a gobernar enfrentando los problemas de fondo, perdiendo un tiempo valioso que mina la democracia porque niega al mismo tiempo la ilustración y desprecia el debate, ejes sustantivos de una verdadera reforma política, aquella que debe abordarse responsablemente en el contexto de las complejas relaciones de la comunidad, la participación ciudadana y naturalmente, ese Estado que sigue siendo instrumento de opresión y obscurantismo de unos sobre otros.

Es verdad que mientras se arrincone al adversario, se criminalice la política, la confusión reine y gobierne quien defiende la intromisión inconstitucional autocrática, la urgente refundación de la política seguirá siendo una utopía y, a la vez, la perfecta justificación para que a través de primeras páginas y la propaganda que usa millones de la publicidad estatal en favor de intereses poco santos,  los linchamientos seguirán siendo la mejor arma y el desayuno perfecto de quienes por ignorancia no saben que el curso de la historia es inalterable, que la precariedad del poder es cruel y anuncia tiempos de absoluta soledad porque la justicia tarda, pero siempre llega.