AMBICIÓN, TORPEZA Y CRISIS

Gobierno sin aliento…

Que un régimen subsista fuera de todo sentido de la realidad, acumule tanta incapacidad para gobernar y, al mismo tiempo, muestre tan extraordinaria capacidad para hacerse de enemigos, resulta una paradoja que hay que tratar de entender, sobre todo, porque, en un período de tiempo corto enfrentaremos un nuevo proceso eleccionario que, sin reelección parlamentaria, con partidos en crisis y una secuela de la persecución desatada contra los enemigos del régimen a través de los hilos que los amigos poderosos del gobierno mueven desde el Ministerio Público, podría ser menos que terrorífico.

Hacia el horizonte del año 2021, el gobierno de Martín Vizcarra pareciera querer seguir mirando al cielo, mientras no necesariamente rostros nuevos se mostrarán como una alternativa, ya que de sus sarcófagos, una larga lista de conocidos políticos tradicionales que no lograron obtener un escaño, volverán a aparecer  inmunes y reciclados pero bajo el paraguas de “nuevas” estructuras, aspirando representar al alicaído espectro electoral y beneficiados, sin duda, por el Walkover obligado de los históricos, cuya experiencia y capacidad el último referéndum sacó de juego de un solo golpe.

Por su parte los partidos políticos -que para algunos agonizan-, no ha mostrado los reflejos necesarios para recomponerse y  modernizarse agotados en las pugnas de sus tribus internas dando carne en horario estelar para que fiscales irresponsables alienten un circo romano en el que todos mueren en favor de outsiders y anti sistemas que por su gracia,  llegarán en condiciones inmejorables para «ser» gobierno sin merecerlo.

Tras lo dicho, Julio Guzmán –verborrea incluida-, con sus 400 mil dólares de Odebrecht que nadie menciona, parece navegar impoluto en medios de las aguas servidas de la corrupción que lo apapacha para disputarle a Antauro Humala –prisión por crímenes incluido-, las simpatías del respetable, bajo el principio rector que guía el pensamiento de estos tiempos por lo bien están las cosas, de lo mal que se han puesto, en tanto la concentración de medios de comunicación parece seguir mirando de lado las grandes y escandalosas operaciones cuyas coimas llenaron sus arcas como receptores finales de dinero de origen desconocido, preparándose nuevamente para afinar las candidaturas de amigos y solícitos operadores que darán forma a un tiempo electoral sin pie, cabeza, ni candidatos y en el que los grandes ausentes terminaran siendo los programas, las ideas y ahora también, los partidos.

Mientras eso ocurre, todo parece estar calmo en el agitado mundo del ministerio público, donde –arrinconado el ex Fiscal de la Nación-, ya nadie parece serle incomodo al presidente accesitario cuya agenda no registra movilizaciones contra nadie, tampoco los dramas del clima, ni el dolor de la gente, sino, la suntuosidad de la realeza de la que gusta y el pésimo gusto por peroratas de contenido cero que explican el por qué  su aprobación sigue cayendo mientras es obvio que está agotada su estrategia comunicacional y ya no tiene nada más que decir.

Llegará a orillas del 2021 –si llega-, sin aire suficiente a pesar que sus asesores le insistan en alentar a cualquier costo el desbande fujimorista, manteniendo en prisión a Keiko Fujimori y tratando por todos los medios y a cualquier costo de tomar preso al ex presidente García, pensando que eso le devolverá niveles de aprobación que la verdad, a estas alturas, ya son parte de una historia cuya explicación, cuando se conozca, producirá repulsa.

Lo cierto es que un país estancado entre  el chisme y el escándalo no puede crecer, un gobierno dedicado a buscar niveles de aprobación en el uso de una lógica maniquea no podrá evitar la pobreza  y, sin planes, ni programas concertados con los agentes de la producción y el pueblo, no habrá ninguna posibilidad de desarrollo, es decir, subsistimos en un escenario en el que el futuro, si cabe el término, estará signado por una medicina (Vizcarra), que resultó mucho peor que la propia enfermedad (PPK).