LO QUE NOS COSTÓ EL TERRORISMO

No todo tiempo pasado fue mejor….

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Hay cosas inexplicables. Hemos sido notificados cómo una desprevenida ministra ha permitido que un grupo de infiltrados en una facción del sindicato magisterial inicie una serie de negociaciones con su sector, al mismo tiempo que toma las calles, produce violencia y ha paralizado por buen tiempo las labores educativas en sus zonas de influencia.

Esta no será una crítica política, es una severa llamada de atención ciudadana en torno al terrorismo y de cómo la mal entendida democracia permite, por dejadez, torpeza o simplemente vocación suicida, que los subversivos se reagrupen, usen la lucha sindical como mecanismos de presión y sorprendan a la población con reclamos sindicales con una visible aureola terrorista.

El terrorismo es un flagelo que expresa violentamente formas vergonzosas y crueles de lucha política. Hay quienes la han descrito como una ruta al descontrol sobre la base del desprestigio del sistema y  la anarquía como escenario ideal para la consecución de objetivos puntuales.

La naturaleza  degradante de su uso, va de la mano con sus objetivos que usa de varias otras formas intimidatorias por las que se pretende imponer de forma estructurada y generalmente planificada, el imperio de una voluntad minoritaria en nombre de valores éticos y morales, cuando no, por objetivos políticos y religiosos, justificados además por el desencanto de los ciudadanos por el abandono de sectores sociales o la inconducta de dirigentes, gobernantes y lideres.

Hay quienes además han definido el terrorismo como una “guerra no declarada” y esto se ha prestado para terribles confusiones en las que simples y vulgares delincuentes, revestidos en el ampuloso y genérico derecho humano, aparecen como “partes beligerantes”, peligrosa definición que es usada para asignarles, sin tener derecho, determinados derechos derivados de las convenciones internacionales sobre la guerra que exigen y no respetan.

Está probado que una de las principales preocupaciones de los terroristas está en lograr un estatus de perseguidos  o rebeldes políticos, con lo cual pretenden legitimar sus acciones violentas. Por eso su labor propagandística es intensa y muy cuidadosa, al punto que todos y cada uno de sus actos están precedidas de  argumentaciones románticas e idealistas.

Lo cierto es que los efectos del terrorismo han sido vividos intensamente por nuestra patria y, tras más de veinte años de agresión permanente en el marco de una interminable espiral de violencia vivida, miles de millones de pérdidas, zozobra y muerte constituyen el saldo dramático de una infamia que la sociedad entera respondió y venció unitariamente.

Los analistas tienden a sublimar los objetivos de quienes aplican la violencia como si lo uno y lo otro fueran dos partes no interconectadas. La verdad es que aún cuando las causas de la violencia tengan validadas y dramáticas explicaciones como la miseria y la exclusión, la agresión a ciudadanos y pobladores inocentes, así como la pérdida de la vida en manos asesinas, deslegitimizan cualquier pretendida lucha social.

En contraposición de lo expuesto es verdad también que la historia de la humanidad está llena de ejemplos de gloria de quienes en nombre de la libertad y la justicia pusieron el pecho, mostraron el rostro y dieron sus vidas en nombre de un futuro mejor y no, de simples y burdos mercenarios que encubren actividades ilícitas como el tráfico de armas, la extorsión política y uso de dinero del narcotráfico.

Es conocido el doble juego de algunos países en este asunto. O financian guerras y movimientos para imponer determinados regímenes adeptos a sus intereses comerciales, o alientan la oposición – incluso armada-, a gobiernos que le son adversos financiera o políticamente.

Está dicho y es una verdad no negada, que la guerra es el doble juego de quien necesita la crisis para vender o imponer algo y el terrorismo sirve a este objetivo promoviendo una guerra muy difícil de contener debido a su naturaleza  no formal, que evita la confrontación directa, el combate directo y usa de la sorpresa, el  sabotaje, y la emboscada para cumplir objetivos propagandísticos  o selectivos.

Está acreditado que el primer objetivo del terror es infiltrar, agrupar y movilizar a sectores a los que bajo banderas  reivindicativas puedan llamar la atención y generar determinado nivel de problemas al gobierno, mostrarse fortalecidos y reasumir la violencia como mecanismo de imposición de una falsa ideología.

No existe terrorismo sin violencia y la violencia es siempre el mejor argumento del terrorismo. Su uso es indiscriminado y cuando lesiona a víctimas inocentes genera incertidumbre e infunde terror que en el Perú, felizmente, nos unió hasta ganarle la guerra ideológica, política y militar.

Lamentablemente en los años siguientes, el Toledismo (expresión urbana de la criollada política) promovió una llamada “flexibilización de la legislación antiterrorista”, cubriendo con un manto de falso sentimiento de humanidad la excarcelación de reconocidos terroristas, sin perjuicio de los efectivamente de inocentes e injustamente encarcelados.

La falta de comprensión cabal de este fenómeno permitió desde entonces que nos acostumbráramos a convivir con “remantes del terrorismo“ que tras un intensa labor política, se reagrupa y desarrolla una nueva estrategia en la que, aliada con el narcotráfico, “liberara” zonas que constituyen sus principales bastiones, en tanto los terroristas que alcanzaron la libertad, en la misma lógica del uso de los espacios que la democracia y la legalidad les brinda, vuelven a  actuar ante la mirada de quienes hasta hoy los siguen subestimando.

En el Perú, los terroristas fueron confundidos con abigeos y eso nos costó casi dos décadas expresadas en millones de dólares de pérdidas y miles de vidas humanas. Por si no lo recuerdan, la cosa empezó en una universidad con un minúsculo e intrascendente grupo llamado “Por el Luminoso Sendero de José Carlos Mariátegui que luego se infiltró en algunos sindicatos -sobre todo en la carretera central-, y finalmente, a través del boicot, el secuestro, el asesinato selectivo y la bomba artera, puso en jaque al país por largos y terribles años… todo lo demás es historia reciente y conocida.

A este respecto sería bueno que el gobernante de turno, en su doble condición de presidente de los peruano y militar, cuando acabamos de conmemorar un aniversario más del atentado de la calle Tarata, en Lima, se diera un tiempo para recordarle a sus ministros, sobre todo a la ministra de educación, que acaba de darle tribuna al senderismo encubierto en una facción del sindicato magisterial, lo que sucedió en el Perú y cómo todos los peruanos sufrimos sus embates de muerte en una larga historia que todo indica aún no acaba. Una vieja frase refleja el momento político: No hay peor ciego, que el que no quiere ver.