¿LIMA PARA TODOS?

(1) Contrastes de “Lima la horrible”…

la_ima_la_horrible_facebook.jpgVengo discutiendo sobre el presente y el futuro de nuestra ciudad y también en torno a la forma como el encuentro del desorden, la inseguridad ciudadana, las huachaferías y hasta la más increíble incapacidad de sus sucesivas autoridades, constituyen toda una gama de dramas singulares y características que la siguen haciendo “especial y hasta heróica”.

La capital del Perú es de esas ciudades que crecieron sin planificación, su desarrollo fue dejado al azar y en la que por su heterogeneidad, no existen mayores costumbres que guardar, ni patrones comunes que identifiquen y unan –en rasgos y costumbres homogéneas-, a sus coterráneos.

Conocida como la “Ciudad de los reyes”, “La tres veces coronada villa”,  “Reina y perla del pacífico”, “Ciudad jardín”, “Ciudad de campanas y campanillas” y una sucesión casi interminable de títulos nobiliarios es hoy una ciudad provinciana cuyo origen tuvo más de “mandinga que de inga”, atendiendo a las estadísticas que consigna una importante presencia negra que provocó en los criollos, sentimientos encontrados que son la explicación del origen de los guetos culturales, económicos y hasta marcadamente raciales que superviven en la actualidad.

Creció sin orden, ni autoridad por la presencia del invasor abusivo que no “llegó para quedarse” y por eso se hizo vulnerable permitiendo que la agredan una y otra vez, no por la “migración provinciana” como algunos erróneamente creen, ya que ésta por el contrario le aportó rasgos de personalidad permitiéndole, por lo menos a grupos de sus habitantes, identificarse como una suerte de “posesionarios” de un lugar en los que la grandeza siempre sería sólo un recuerdo y no, un testimonio vivo del presente.

Sus rígidas casas, imitación siempre de la grandeza de otros lugares, impidió el desarrollo de su propio entorno de belleza urbano, sus castas insensibles, los privilegios de fortunas mal-habidas y el bienestar de unos construidos sobre el dolor y la muerte de otros hablan mal de un tiempo de oprobio en el que “las mayorías” eran los invasores y su historia se escribía con sangre de los pocos lugareños que quedaban, a los que por cierto tras las negras historias de abuso y muerte, no les quedó más remedio que soportar los otros títulos menos nobiliarios con el que se referían a Lima, el de “La ciudad de los gallinazos” y simplemente, “Lima la horrible”.

Fue también un importante asentamiento político y militar, ubicado como  cabecera de playa de la conquista, se ganó el derecho a ser la sede del virreinato y geopolíticamente el escenario superior de la colonia. Dicen que fue el lugar donde las gestas por la emancipación teóricamente cobraron su mayor esplendor, un lugar de contrastes y también de expresiones populares inimaginables, pero Lima es una ciudad apresada en su falta de valores y de identidad.

Un terruño de increíbles características se abre a la variopinta identidad de su gente actual y a la dejadez de sus líderes que la ven caer por pedazos sin que nadie haga nada, que oculta sus belleza “encerrando sus parques para que no se malogren”, que “sitia la ciudad colocando trancas para que el tránsito no moleste a los vecinos”, que impulsa proyectos sin mayor rigor en su ejecución llegando al límite supremo de la ironía cuando para resolver sus problemas, simplemente crea otros como los de contratar frenéticamente “serenos” ó policías particulares (llamados también guachimanes en el argot popular) en proporción absolutamente inversa al crecimiento sideral de la delincuencia y el narcotráfico, males que a estas alturas algunos dicen “no se puede controlar”.

Pero en nuestra ciudad no todo es malo…el escenario de finos y de groseros contrates a la que le ha tocado una compleja geografía, una mixtura ciudadana y una dramática realidad de pobreza que carga pesadamente sobre sus hombros también tiene ricos que han aprendido a “convivir” con los pobres porque lo hacen en medio de una indiferencia que duele.

Esta ciudad es el habitad de “los gallinazos” y también de inmensos anillos de marginalidad y “cinturones de pobreza” sobre los que descansa esa sorprendente “cultura emergente” que desde los arenales en los conos  sorprende al mundo, y en donde con esfuerzo y creatividad, se ha impuesto un neocapitalismo popular sub-realista y triunfador, pero un tanto anárquico.

Si esa realidad que es expresión de una cultura rara, pero verdadera, hubiera tenido autoridades de verdad, hombres con visión de estadistas y honestos nos hubieran guiado y entonces, otra seria nuestra historia como urbe. La hilarante fila de aventureros que sólo miraron la ciudad de costado, muestra a politiqueros que se rehusaron a reconquistarla para pulir sus grises escenarios, devolverle la alegría y el color dotándola de servicios y escenarios para que Lima viva intensamente en medio de un desarrollo mucho más ordenado y mirando de frente (y no de espaldas), a su imponente rio “hablador”.

“Tal vez deberíamos empezar de cero”, dicen algunos insinuando que todo sería aparentemente más fácil. En todo caso, más allá de las connotaciones histórico-arquitectónicas, al esfuerzo mediático y exclusivo de remodelar vetustas casonas que se caen literalmente a pedazos llevándose consigo un tiempo que nadie cuida, hay que sumarle el reto lograr que no “detengan” las obras cuyo patrocinio corresponde a otros, que se deje de ningunear el trabajo ajeno, que se ponga énfasis en  impulsar una lógica de modernización que es de propensión al ordenamiento, a la limpieza, al respeto ciudadano y a la imposición de valores que debería ir de la mano con la seguridad.

No se trata de concentrarnos sólo en buscar atraer más turistas (objetivo supremo de algunas administraciones mercantilistas) sino, de devolverle al vecino limeño -a ese ciudadano que resistió los embates de la abrumadora posesión y presencia local de la burocracia estatal durante muchos años-, su derecho a vivir mejor y sin ese temor generalizado al crimen y la prostitución que lo tienen secuestrado desde hace una buena cantidad de años.

No quiero que “pinten” de colores las escaleras, no me importa si los postes lucen sucios, no más cambios de logotipos, ni de campañas millonarias sobre nuevos slogans para la ciudad, sólo quiero un lugar donde vivir, una urbe para todos.

Revelada en estos tiempos como “futurista”, Lima debe encontrar el equilibrio entre sus costosos y los ornamentales juegos de agua (que es una cruel ironía frente a poblaciones inmensas que no tienen ese líquido elemento), el acondicionamiento de luces en casonas y estructuras que resaltan su importada arquitectura, el esquizofrénico repintado de “sus escaleras” y su infierno cotidiano, esa realidad que exige una nueva lógica de sus autoridades de verdad y de ciudadanos que estén dispuestos a crear, recrear y defender, una visión mucho más “nuestra” de la recuperación de Lima, tarea que debe ser cosmopolita, global e integradora, a pesar de su alcaldesa y ese estilo peculiar casi inimitable de no hacer nada.