LAVA JATO Y LOS COMUNISTAS CRIOLLOS

Victoria de la lucha anticorrupción y derrota del antiaprismo…

Un largo y agonizante camino de descomposición política los alejó de su esencia revolucionaria inaugurando una ruta sinuosa que los hizo guardar silencio cómplice en la lucha contra el terrorismo  que con el tiempo, tras el aupamiento amoral a cuanto vientre de alquiler se presentara, les permitió mantener una representación congresal cuyo objetivo fue evitar que sean borrados literalmente de la escena política, explicando la falta de reparos al sumarse a la escandalosa comparsa del llamado Foro de Sao Paulo y los auspicios millonarios de las empresas de la corrupción brasilera a través del PT y el ex presidente Lula.

Tras la caída del muro de Berlín y el ocaso del mal llamado “socialismo real”, los comunistas locales sufrieron un trastorno de identidad política con complejo de culpa, derivado de «la ausencia de una verdad que los avale» y el cuestionamiento a hombres de la talla de Alfonso Barrantes, a quienes acusaron por décadas de reformistas por sus posiciones democráticas, para, finalmente, caer rendidos ante la fuerza de la historia que impone la lealtad como un valor, la política como el ejercicio pleno de la ciudadanía y la necesidad que las masas nunca más sean usadas como instrumentos del oscurantismo para la realización de intereses propios y pequeños de cualquier naturaleza.

Tras conocerse la dimensión de la corrupción brasilera, socios y beneficiarios, el comunismo peruano trató -tal y como lo hizo con el financiamiento chavista antes-, de desmarcarse sin mucho éxito, razón por la que finalmente aparece comprometido de la mano con la derecha en el Informe de la Comisión Lava Jato -tal vez el más importante respecto de la corrupción y su brazo extendido transversalmente a toda la sociedad peruana-, que parecía ser una buena señal  por haber logrado altos niveles de consenso y frente al cual,  pese haber levantado la alfombra poniendo al descubierto la dimensión de los dramas de la patria, los comunistas reaccionaron con un ánimo sospechoso de encubrimiento que llevó a los parlamentarios que representan los rezagos del comunismo, a ser protagonistas vergonzosos de una defensa malsana y conjunta con quienes patrocinan corruptos, guardando silencio frente a las graves denuncias que se consignan en el referido documento.

En airada confrontación y con argumentos dignos de mejores causas, la lógica de «incluir a todos» pasó a ser el centro del debate, aunque no existan denuncias puntuales. Las tensas polémicas en medio de una suerte de maniobras desesperadas, pretendían desnaturalizar el debate y viciar de nulidad el informe mismo para pasar por alto, por ejemplo, las acreditadas responsabilidades de la gestión de la ex alcaldesa de Lima, Susana Villarán, sus vínculos con empresas brasileras y el otorgamiento de millones en sobornos depositados en cuentas abiertas en paraísos fiscales por su entorno mas cercano.

Confundir como siempre a la opinión pública fue la tarea bajo una monserga monotemática. Jugaron al alimón con el gobierno y la derecha tratando de incluir a Alan García en el informe mencionado, sin mencionar, ni individualizar ningún delito, encontrando a una Célula Parlamentaria Aprista no sólo firme en sus posiciones, sino, dispuesta –como finalmente lo hizo-, a destruir ideológica y políticamente todas y cada una de las argumentaciones.

Tal vez lo más delicado de la situación presentada, esté en la conducta de quienes pusieron en evidencia una visión sesgada de la corrupción, al que además, se dice combatir con doble rasero y montados en una lógica maniquea por la cual la complicidad pasa a ser el argumento de sobrevivencia apoyada por los grandes medios de comunicación conservadores que aún no se recuperan del golpe recibido por la llamada Ley Mulder, norma que impidió por un buen tiempo, que varios millones de dólares del pueblo peruano, recalaran en sus arcas.

No han sido suficientes los años en los que ex presidente García viene siendo investigado, que existan varios procesos abiertos en su contra en el Ministerio Publico actualmente, ni que por cinco años una Mega-Comisión, con todo lo que eso significa, por auspicio, mandato y dirección del humalismo lo haya sometido a sus fueros sin que hayan podido imputarle seriamente nada, tal  como además se deduce de sus conclusiones.

El país perdía la enorme posibilidad de reencontrarse con el rumbo democrático, de despercudirse de la miasma auspiciada por corruptos y delincuentes procesados actualmente en medio de esta estrategia que trató de incriminar a “todo el mundo” para convertir la sospecha generalizada, en el arma del que se camufla tras el desaliento y el desconcierto.

La falta de sentido común y la buena fe han hecho lo suyo, en tanto los comunistas, con refritos en una mano y el diario El Comercio en la otra, fracasaron en el intento de agudizar las contradicciones y, aliados como siempre con el gran capital, levantaron groseras banderas de antiaprismo que el pueblo sabrá castigar. Cuánta razón tenía el genial Manuel Seoane cuando en los años 30 del siglo pasado desenmascaró a los comunistas en una conocida polémica pública, mostrándolos en su pequeñez moral, en la ignorancia y en su real faceta de conspiradores, llamándolos con justeza rábanos, en alusión a la conocida planta herbácea cuya raíz roja lo identifica popularmente, aunque ese color, como en el caso de los comunistas, solo sea un revestimiento externo y circunstancial.