LA NOCHE QUE CAMBIO LA HISTORIA

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                                      La fundación del Partido Aprista Peruano…

                AL NOBLE PUEBLO APRISTA

A cada uno de los humildes militantes que en la base sectoral,en el sindicato, la universidad y las organizaciones populares mantienen inhiestos los ideales de justicia y los valores de ese aprismo auroral, honesto y sin condiciones
que dio origen y sustento al Partido del Pueblo.

La semilla que germinó

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1923 sería un año definitivo. El aprendizaje y las experiencias en el joven Víctor Raúl Haya de la Torre habían consolidado su liderazgo y, como consecuencia de los luctuosos sucesos del 23 de mayo, en el que obreros y estudiantes se opusieron tenazmente a la utilización política de “la consagración de Lima al Corazón de Jesús” por parte del presidente Augusto Bernardino Leguía, fue deportado y partió al destierro en el vapor “Negada” en medio de la protesta popular.

A partir de entonces, el estudio intenso en la búsqueda de la verdad y  la consolidación del trabajo desplegado determinarían que el 7 de mayo de 1924, Víctor Raúl Haya de la Torre, fundara la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), en un salón de la Universidad de México en una sencilla, pero significativa ceremonia en la que simbólicamente entregaría la bandera Indoamericana. A partir de entonces, el trabajo intenso de las principales células apristas en muchos países se puso en marcha.

Los principios bajo los que se funda la nueva organización política de los trabajadores aparecen claramente expuestos en el número de diciembre del año 1926 de la revista inglesa “The Labour Monthly”, What´s the A.P.R.A.

En dicho artículo se señalan cuales son los cinco puntos que justifican la creación de un Frente Único integrador de los países del sur y centro América (1.- Acción contra el imperialismo, 2.-Por la unidad política de América Latina, 3.- Por la nacionalización de tierras e industrias, 4.- Por la internacionalización del Canal de Panamá, 5.- Por la solidaridad con todos los pueblos y clases oprimidas el mundo). Original plataforma de lucha de una organización internacional antiimperialista que en poco tiempo daría que mucho que hablar.

Por otro lado, en el Perú habían sido superadas con la separación definitiva de los facciosos, las interesadas divergencias que un pequeño “grupo comunista” promovía encabezado por Eudocio Rabines, personaje sombrío que proponía la conformación de un “partido de clase”, opuesto a la formación de un gran Frente Único de Clases Explotadas.

El resultado de esta confrontación se sentiría tras la pérdida paulatina y sistemática de “Amauta” y “Labor” (la primera revista del pensamiento libre y tribuna del APRA, y la segunda, órgano de los trabajadores), revistas que, en medio de las dolencias de salud de José Carlos Mariátegui y su posterior muerte, acaecida en abril del año 1930, quedarían sometidas totalmente a los dictados de la III Internacional Comunista.

Víctor Raúl Haya de la Torre coordinó y lideró personalmente el despliegue de un impresionante trabajo propagandístico. Llevó su prédica por Panamá, Cuba, parte importante de Centroamérica y México.

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También visitó la Unión Soviética, así como, Suiza, Inglaterra, Francia y parte de Europa donde tomó contacto con la obra y la intelectualidad progresista de la época, así como con líderes de la época como el comisario político Soviético Anatolio Lunatcharski, el dirigente sindical Ruso Lozowoski, Romand Rolland, Albert Einsten, Ramsay MacDonald, David Lloyd George, Bernard Shaw, George Lansbury, entre otros.

En lo que respecta a la promoción fundadora que acompañaría al fundador del aprismo, la mayoría conocía las estrecheces del destierro y la cárcel, no llegaban a los cuarenta años, sobresalían con nitidez aguerridos anarcosindicalistas, Alcides y Belisario Spelucín, Serafín del Mar, Carlos Manuel Cox, Manuel Seoane, Fortunato Quesada y Magda Portal  quienes llamaban con cariño “viejo” a Haya de la Torre quien proponía una reflexión serena sobre la crisis que vivía el continente y específicamente el Perú y respondía incansablemente cuanta comunicación llegaba desde donde las células apristas recalaban o intensificaban su labor propagandística, es decir, desde todo el Perú, México, Francia, Uruguay, Argentina, Chile, Bolivia, Cuba, Panamá y Costa Rica.

De esa original visión de la coyuntura y la necesidad de responder los apremios que la realidad imponía, surgió “Por la Emancipación de América Latina”, obra primera de Haya de la Torre que recoge ensayos escritos desde 1924 que apareció el año 1927 editado en Buenos Aires.  Este mismo año apareció en las revistas “The Labour Montly” y “Socialist Review”, las primeras respuestas a la polémica continental sobre aprismo y comunismo que dieron forma y contenido al libro fundamental del aprismo, “El Antiimperialismo y el APRA”, editado finalmente el año 1936 en Santiago de Chile a cargo de la editorial “Ercilla”.

Otra vez un taller de carpintería…

El reclamo de la vanguardia obrera local y de los estudiantes integrados al aprismo para formar la “Sección Peruana del APRA”, dio pie para que Serafín del Mar, Alcides y Belisario Spelucín invitaran a una reunión para recibir “los encargos de Haya de la Torre y escuchar al delegado enviado al Perú”. En esta oportunidad, la reunión no se realizaría en la casa de Carlos Muñoz, sito en la Calle del Milagro, frente al Hospital “Ruiz Dávila” que usualmente se usaba para las reuniones, sino, en el taller de un carpintero ubicado en la Plazuela del Teatro Principal.

Luis Heysen y Luis Eduardo Enríquez, ambos desterrados y líderes de primera importancia del exilio aprista constituían la avanzada y los delegados encargados por Haya de la Torre para desarrollar específicas labores políticas en Perú.

Heysen pisó suelo patrio sin mayores complicaciones, en tanto Enríquez lo hizo sorteando mil y un afanes por el Cuzco, donde fue finalmente apresado. Hubo que esperar entonces la libertad de Enríquez, por lo que entre las 7 y las 8 de la noche del día 20 de setiembre, comenzaron a llegar al lugar de la convocatoria entre cuarenta y cincuenta personas inicialmente. Ya iniciado el cónclave se dio lectura a una proclama que para la ocasión, fechada y remitida desde Berlín, remitió el propio Haya de la Torre.

Si bien se fueron integrando unas veinte personas más, algunas de las cuales no se conocían entre sí por la diversidad de sus oficios y actividades, una curiosa camaradería hizo sentirse muy cómodos a los presentes, sobre todo, tras los informes de la intensa actividad aprista desplegada.

La reunión dio cuenta de una ceremonia sencilla y puntual, con mucha fraternidad, casi un acto de fe y de reafirmación de los más preciados valores de la lealtad y consecuencia. Hay quienes hablan incluso de “un acto de iniciación” probablemente influenciados por la presencia masónica de muchos de los asistentes. En dicha reunión, se socializó parte de la  simbología del aprismo y las “formalidades impuestas” por los anarco-sindicalistas que los presentes aceptaron de buen agrado.

Si bien las motivaciones de este reducido grupo de hombres fue inicialmente “sólo la de organizarse e iniciar un trabajo más consistente”, hubieron quienes como Alcides Spelucín, mantuvieron firme la idea de darle al evento una mayor connotación, porque “concurrían a este episodio, las fortalezas derivadas del ejercicio democrático de las protestas que desde 1919 impulsó el compromiso de la Alianza Obrero-Estudiantil, la lucha por las Ocho Horas de Trabajo y la Reforma Universitaria que en 1923, tuvo su expresión más dramática con la muerte de un obrero tranviario y un estudiante”.

Desde la organización proletaria, anidada básicamente en la organización Sindical de los Panaderos “La Estrella” y la ya importante “organización de tejedores” fue que llegó parte del apoyo logístico que consolidó las primeras épocas del trabajo gremial, en tanto, con el peculio personal de los “iniciados”, se puso en marcha los proyectos más urgentes de propaganda, en medio de un país que se debatía entre conspiraciones militares, golpes oligárquicos y un clima de inestabilidad política y económica general.

Quien hubiera podido sospechar que en el Perú, como en la vieja historia del cristianismo, en un humilde taller de carpintería, ubicado en la Plazuela del Teatro número 278, entre el jirón Huancavelica y las calles Calonge y Lartiga, al frente del Teatro Principal -hoy Teatro Segura-, en el centro mismo de la ciudad de Lima, se produciría un acontecimiento fabuloso que definiría el nuevo rumbo de la historia agrupando el espíritu de cambio de las generaciones precursoras del siglo XX, acompañando a las juventudes en su larga lucha contra la pobreza y la opresión desde entonces.

Placuela_del_teatro.jpgPlaza del Teatro. En la esquina, a la izquierda el local donde se fundó el PAP

De la protesta a la acción

Por las circunstancias casi clandestinas en las que se desarrollaron los acontecimientos en el Perú, no ha sido posible precisar con exactitud la hora en la que se produjo el acto formal de la fundación del Partido Aprista Peruano, sin embargo, por testimonios confiables, la Sección Peruana del APRA Continental vio la luz entre la noche del 20 y la madrugada del 21 de septiembre de 1930, cuando la vigilia nocturna encubría el asolapado bochorno que producía el humeante calor del vetusto farol que alumbraba el local.

El lugar fue el único que consiguieron y respondía a las necesidades del momento en las que por cierto, no había mayor pretensión. Con los años, dicho predio fue demolido para construir a mediados del siglo pasado, un moderno complejo de oficinas que administra hoy, una orden de la Iglesia Católica, el lugar sigue siendo punto de peregrinaje y homenajes que rompe, cada 20 de setiembre, ese panorama grisáceo de una Lima en la que todas las puertas y ventanas se parecen, esconden sigilosamente una sucesión de historias si bien, disimiles y definitivas, a la vez tan dramáticas como la propia realidad de pobreza y explotación en toda la nación.

Alcides Spelucín fue quien realizó las faenas de vigilia en la puerta, en tanto cuidaba celosamente el ingreso de los invitados que, confundidos entre los transeúntes y los asistentes al Teatro Principal de Lima -ubicado exactamente al frente del local-, eran guiados para evitar que la policía política descubriera el lugar de la convocatoria.

Una sencilla mesa vulnerada por el tiempo, las labores de ebanistería y la cotidianidad a las que era sometida por el propietario del lugar, lucía cubierta por una bandera roja en cuya parte central, en círculo dorado, se reflejaba el perfil de Indoamérica, era la misma bandera con la que se fundó el APRA en México años antes y en cuya elaboración participó el eximio pintor y muralista Diego de Rivera. De alguna manera, un hilo conductor integraba también ideales y sentimientos como los que se consagraron en la primera Acta Constitutiva que se inserta en el cuaderno escolar de tapa roja en el que se da cuenta de la fundación del PAP.

A esa ceremonia casi iniciática por las formas y la solemnidad que la envolvió tal y como se ha dicho, fueron llegando y reencontrándose uno a uno los invitados miembros de los claustros universitarios, activistas del movimiento obrero hasta entonces simpatizante de la prédica anarcosindicalista.

En la misma reunión también hubo gente del campo a los que se sumaron intelectuales de vanguardia vinculados a través de la bohemia de la época y concentrada en lo que siguió al “Grupo Norte”, a “Claridad”, “Amauta” y a los ensayos de lo que sería la revista “APRA” cuyas ediciones por cierto, fueron encargadas luego a Víctor Polay Risco y Juan Valdivia, expertos propagandistas que perfeccionaron sus técnicas en medio de las penurias posteriores que sufrirían en las cárceles.

Destacaron por su entusiasmo y compromiso en esta etapa auroral, Serafín del Mar, Alcides y Belisario Spelucín, Luis Eduardo y Cesar Enríquez, Alfredo Gamboa, Leoncio Muñoz, Francisco Galarreta, Magda Portal, Fabricio Ungaro, Rodrigo Franco Guerra, Crisólogo Quesada, José A. Carvalho y Víctor Polay, entre otros, quienes se enteraron de lo que acontecería luego de escuchar los informes del intenso activismo mundial que provocó un intenso debate en torno a las condiciones políticas del país y la labor y el esfuerzo realizado hasta la fecha por los exiliados en la construcción del movimiento, hechos que permitió ratificar como un imperativo la necesidad además impostergable de fundar el partido en el Perú.

Luis Eduardo Enríquez presidió la sesión fundacional del PAP y lo hizo bajo la inspiración de Haya de la Torre. A él se le encargó la secretaría general del nuevo movimiento, en tanto el nuevo Comité de Acción que representaría, preparaba el regreso de los exiliados y realizaba sendos eventos preparatorios del Congreso Nacional.

La tensa realidad, la persecución y los encargos a cumplir por Enríquez en el extranjero determinaron que en el mes de noviembre del mismo año se reajustara el Comando de Acción que desde entonces lideraría Carlos Manuel Cox, como Secretario General del partido.

El 6 de agosto del año siguiente (1931) se realizó en Trujillo, ciudad ubicada al norte de la capital peruana, el I Congreso Nacional del PAP donde se ratificaron los cinco puntos del Programa Máximo Continental del APRA consignados en el Acta Fundacional y se aprobaron las líneas generales del Programa Mínimo o Plan de Acción Inmediata del Aprismo que Haya de la Torre presentaría a la Nación poco tiempo después.

En aquel evento se elegiría también un nuevo, formal y definitivo Comité Ejecutivo Nacional del PAP, ratificándose en él, la elección de Carlos Manuel Cox como Secretario General del partido y a Julián Petrovick, como el primer secretario de Organización del CEN.

En las hojas de un cuaderno se registró la historia

La inminencia de elecciones generales en el país, y la forma como había prendido el mensaje de Haya de la Torre entre los más pobres, las mujeres  y los jóvenes, produjo la necesidad de expresar políticamente al aprismo en Perú.

Fue el abogado trujillano Francisco Galarreta quien guardó el cuaderno escolar de pasta roja que fue adquirido al precio de 30 centavos en la librería “Herrera Méndez” ubicada en la esquina de las calles de Juan Pablo y Trinidad, en cuyas modestas hojas rayadas, se registró la voluntad del pueblo de fundar al aprismo, según el testimonio de Víctor Polay Risco en, testigo de excepción del acto fundacional.

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Debe saberse como dato de interés, que la solemnidad de aquel acto del que hemos hablado, sólo se quebró ante el discreto y viril llanto de algunos de los asistentes, quienes “juraron lealtad”, invocaron a los ausentes perseguidos y presos, recordando con emoción “la presencia del jefe”, forma como se empezó a llamar a Haya de la Torre por su liderazgo moral y talla ética desde aquel preciso instante.

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Las noticias “vuelan” y el “pan caliente” no se vende en panaderías

Pero si la fundación del Partido Aprista, desde entonces el “Partido del Pueblo”, pasó desapercibida para algunos, otros en cambio, en medio de una ciudad relativamente pequeña aún, y desde sus barrocas oficinas de la dirección del diario “El Comercio” registraban los acontecimientos con preocupación.

A pesar que las anotaciones policiales sobre el tema fueron incinerados,  con el tiempo se conoció que el gobierno de la época nunca pudo establecer con absoluta certeza quienes asistieron al acto de fundación del aprismo, sus organizadores, ni el lugar exacto de la reunión, pese que la unidad de investigaciones políticas promovió bonificaciones a soplones y agentes que desplegaron un operativo destinado a detener a los representantes de la nueva “secta extremista internacional”, tal y como narraría la nota oficial que requiere la información del evento

Que se recuerde para entender el contexto, que en el año 1930 el aprismo se afirmó y consolidó como la organización política de la lucha antiimperialista proponiendo romper la hegemonía civil-oligárquica e incorporando al escenario del debate nacional, a los llamados entonces “cholos”, a los mestizos, provincianos y a las mujeres, proclamando increíblemente desde 1931 -momento en el que se hace público el “discurso programa”-, una alternativa ideológica forjada entre 1919 y 1928 y que revolucionó la nación con una propuesta de descentralización que, entre otras, de haberse puesto en marcha, le hubieran ahorrado al Perú, décadas enteras de atraso.

Cabe anotar que no hubo que esperar mucho para que el pueblo respondiera a la oligarquía. La organización y los aportes pequeños, pero multitudinarios, generaron una economía que permitió que circulara el diario “LA TRIBUNA”.

1348148029325-2.jpgEste importante medio de comunicación vio la luz el 16 Mayo de 1931 y estuvo llamada a convertirse en el diario más popular y de mayor tiraje del país, con el mayor registro de decomisos, intervenciones y embargos, al que se conocía desde la discreta distribución en las épocas clandestinas como “el Pan Caliente” y cuyo singular origen se produjo en medio de una empresa “de unos pocos soles, pero un millón de esperanzas”.

Su primer director fue Manuel Seoane Corrales quien había retornado al país en noviembre del año anterior luego de su exilio en Buenos Aires y a él se sumó la colaboración de Manuel Solano y Luis Alberto Sánchez, este último ya adscrito al aprismo y quien se encargó de inmediato de la co-dirección del diario que marcó un hito en la historia de la libertad de expresión y se constituyó en una herramienta de las clases más necesitadas porque desde ese instante, “los pobres pudieron hablar…” .

LA TRIBUNA fue pionera de la prensa libre y el más importante diario comprometido con el cambio que registra la historia de la nación, al punto que se ha escrito con justeza que si se evalúa la historia del Perú en el siglo XX, deberá ésta confrontarse a través del debate ideológico producido en las páginas de los diarios “El Comercio” y “La Tribuna”, ambas trincheras contrapuestas que fueron la expresión de la oligarquía y el pueblo, enfrentados por el destino de la nación, sus protagonistas y los intereses que cada cual representaba.

Desde su primer número, LA TRIBUNA fue la respuesta viva del aprismo y por sus páginas habló Haya de la Torre y lo más trascendente del pensamiento progresista.

Nunca más el Perú fue el mismo

Cuando Haya de la Torre hizo su arribó a Talara el 12 de Julio del año 1931, una apretada multitud lo recibiría entonando en simultáneo las notas de “La Internacional” y la letra de la novísima Marsellesa Aprista de la autoría de Arturo Sabroso Montoya, líder obrero que evolucionaba del anarco-sindicalismo al aprismo auroral.

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Con treinta y seis años de edad y convertido en la expresión de la esperanza de los que menos tienen, Haya de la Torre recorrió parte del país a lomo de caballo, llegando por primera vez a estaciones indígenas y parajes olvidados, sentando precedentes de una convocatoria hasta entonces desconocida que produjo temor en el civilismo y la oligarquía por la irrupción de las muchedumbres en la actividad política, sobre todo, después de las apoteósicas convocatorias para escuchar al líder del aprismo realizadas entre agosto y noviembre del año 1931 en las que la Plaza San Martín y la Plaza de Toros de Lima mostrarían un nuevo rostro popular.

Pese a todo el esfuerzo desplegado en la campaña y la enorme simpatía popular por el aprismo y su joven candidato presidencial, el fraude impidió finalmente el acceso del aprismo al poder. Luis M. Sánchez Cerro inició un período de gobierno nefasto y la más larga persecución que haya sufrido movimiento popular alguno en América Latina.

Tres siglos y un solo mensaje

Un hombre que nació el siglo XIX, que combatió y se entregó a las causa de los que menos tienen durante todo el siglo XX y que mantiene una presencia innegable por la vigencia de su pensamiento en el siglo XXI, tiene sin duda, el mérito de haber construido para la América Latina una propuesta de futuro que es a la vez, un sentimiento transformador, asignándole al pueblo –hasta entonces sólo parte del coro anónimo del drama-, tareas en la construcción de su propio destino.

Si bien no se le permitió a Haya de la Torre acceder a la presidencia, no pudieron por otro lado desconocer la enorme votación que obtuvo la entonces primera Célula Parlamentaria Aprista en 1931. Llegaron al Congreso líderes populares e intelectuales de vanguardia que revolucionaron el statu-quo, la formalidad burguesa de un parlamento anquilosado y de espaldas al pueblo, sembrando en la conciencia nacional la necesidad del cambio que sólo algunos años después, a través de una lucha aprista permanente, permitirá una serie de conquistas sociales y le daría el voto a los analfabetos, a las mujeres y también a los jóvenes.

El recién fundado movimiento aprista, representaba una colectividad de avanzada que garantizaba una lucha frontal por el derecho a la huelga, a la negociación colectiva y también a la libertad sindical, en un esfuerzo visionario que conquistó además, la educación gratuita y casi todos los espacios que los pobres le arrancaron a la democracia formal en lo que fue parte del siglo XX.

El aprismo es, por su historia, “la mejor expresión de un partido de masas, enriquecido por su vitalidad organizativa, por la extracción chola y provinciana de la mayoría de sus miembros, lo que continúa distanciándola del grupo privilegiado y propietario”, tal y como ha sostenido Alan García, sin duda,  uno de los dirigentes apristas más reconocidos.

El aprismo es un movimiento adelantado a su tiempo. A este respecto, la proyección de la obra del pensamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre habla por sí misma en estos días que se entiende la globalización como un proceso integrador cuya filosofía (aun cuando no, su aplicación neoliberal) tiene sólidos antecedentes en las tesis apristas de la integración continental, en tanto la regionalización, como proceso de reversión de la crisis estructural que vive la patria, fue también una adelantada que ha tenido en los variados procesos descentralizadoras ensayadas, un antecedente innegable.

Y si todo esto no ha sido suficiente para el reconocimiento pendiente por su obra y presencia en la historia Indoamericana, el aporte moral de Haya de la Torre en el ejercicio de una ciudadanía impecable es también, un argumento irrebatible, sobre todo, para quienes no terminan de aceptar que quienes desde 1930, acusados de extremistas, sectarios y soñadores, tenían razón al creer que es posible cambiar la dramática situación de oprobio, miseria y subdesarrollo de los que menos tienen, buscando la justicia, pero sin abdicar de la libertad.