LA MANO DE ALBERTO

Protesta anti sistema o cortina de humo

En los últimos días, una serie de “colectivos” se auto convocaron exigiendo entre otras cosas, el cierre el congreso, todos bajo el grito unísono ¡Que se vayan todos ¡

¿Qué significan estas expresiones? No es, de acuerdo a nuestro análisis, una protesta que el hartazgo promueva para mostrar el grave descontento de la gente respecto de los privilegios del poder o el abuso de este. Por el contrario, la molestia ciudadana sin objetivos políticos legítimos, cobra características anarquistas del anti-sistema que sirve a objetivos distantes de lo que la gente que se moviliza quiere.

Más allá incluso de Odebrecht y sus escándalos, que casi toda la clase política haya terminado envuelta en una vorágine de corruptelas de las que pareciera nadie se salva, justifica las reclamaciones, pero, que estos mismos “colectivos” no estén liderados por movimientos estructurados, lo que hace, es abrir una peligrosa ruta de acciones planificadas por gente que se esconde en cascarones de lo que llaman “sociedad civil” que alientan “convocatorias extrañamente espontáneas” que anónimamente viajan por el infinito e incontrolable mundo de las redes sociales de la internet.

Y es que pedir por ejemplo, que se cierre el congreso, es en realidad una pretensión irrealizable y un horror jurídico, por lo menos en el sistema político que vivimos ya que, si eso pudiera suceder realmente, solo quedaría la miseria de la autocracia, el abuso de la dictadura y el volver a tiempos que suponíamos superados.

Es verdad que la democracia no ha mostrado suficiencia ni ha generado oportunidades de realización entre los ciudadanos que ven sus expectativas distantes y funcionarios públicos ajenos a su realidad sufriente y es allí, cuando el Estado se aleja de la población, tomando además decisiones lógicas en el marco económico, pero absolutamente impopulares que gravan directamente la economía de las mayorías, cuando quien detenta el gobierno, sabe que se expone al desprestigio y por ende, a transitar por esa peligrosa ruta de impopularidad que todos saben cómo empieza, pero nadie, hacia dónde nos puede llevar.

Esto no empezó ayer, ni es el resultado de la impericia del nuevo gobernante. Hay una crisis institucional derivada de la serie de errores que venimos cometiendo como Estado desde los aciagos años dos mil, cuando un reeleccionista Alberto Fujimori se mostró como el gran titiritero del poder de la mano de Vladimiro Montesinos y, si bien uno padece una enfermedad y el otro sufre prisión, lo cierto es que incendiar un patrullero en medio de una protesta que debió ser pacifica como acaba de suceder, nos recuerda  a quienes mandaron incendiar el local del Banco de la Nación en el centro de Lima, cuando el país exigía la salida de Alberto Fujimori. Mucha coincidencia para creer que en política hay casualidades y demasiados problemas que nos llevan al convencimiento que alguna mano está meciendo esta cuna.

Por eso es que cuando el Congreso pierde el tiempo debatiendo una moción de censura distractora contra el presidente del Congreso al que acusan entre otras consideraciones de comprar flores, computadoras y contratar algunos trabajadores en vez de atender reflexivamente los graves problemas del país y el desafuero de varios congresistas entre  el mismísimo príncipe del fujimorismo, surge la idea de  asociar los desmanes de la protesta en las calles -violencia de por medio-, a la extraordinaria cobertura a un par de despistados congresistas que presentan la aludida moción de censura, como si no existieran, en la larga lista de espera además, leyes trascendentes para los trabajadores y la ciudadanía en general, las que sin ninguna duda, cambiarían el rostro alicaído de un poder del estado al que se ataca con la complacencia de quienes son quinta-columnas del poder popular y real de la  democracia verdadera… Cortina de humo eficaz le dicen, pero también torpeza mediocre de quienes en el parlamento, siguen disparándose a los pies.