«JORGE LEALTAD»

Tributo al c. Jorge Idiaquez,  “La Dorada” y la US 11, su heredera

Dedicado a “La Dorada” y la US 11, su heredera

A manera de introducción
Uno de las presencias apreciadas de la vida partidaria, es, sin ninguna duda, la de “el compañero Jorge”, personaje mítico cargado de historias –algunas de ellas notablemente leyendas-, y cuya sola presencia imponía disciplina -aunque en honor a la verdad-, más bien, una mezcla de admiración y respeto.
En un país signado por traiciones permanentes y donde el honor se tasa como mercancía, la presencia de un hombre de las características de Jorge Idiáquez no es usual, de allí que cobra valor el recuerdo de una acalorada reunión de la Agrupación de Odontólogos Apristas (ANDOA) donde con voz altisonante y debate tenso se elegía a dirigentes. Aquella sesión discurría en esa línea hasta que, más allá de la medianoche, los tonos de las voces generaban perturbación en la vieja casona del partido ubicada en la avenida Alfonso Ugarte en el centro de Lima hasta que, de pronto, el sonido de unos pasos anunciaba la presencia de un séquito comandado por un inesperado visitante, era Jorge Idiáquez, el mismísimo secretario personal de Haya de la Torre y encargado -sin nombramiento explícito-, de trasmitir la voluntad de El Jefe, quien, mortificado, “solicitaba” a quienes presidian el acto, “bajar las tensiones y guardar la disciplina”.
La voz de orden se cumplió casi sin mayor debate y de pronto, los ánimos volvieron al tono esperado, la elección se produjo y, triunfadores y derrotados partiendo raudamente hacia la “jefatura” para informarle -al propio Víctor Raúl-, los resultados. Esa era la dimensión de la presencia de este hombre a quien conocí en los interminables relatos de las anécdotas familiares de las que además bebí esa fortaleza, convicción y lealtad al partido que han signado como en el caso de JORGE IDIAQUEZ, mi vida en los años siguientes.
México, como inspiración
Haya de la Torre fue deportado por el presidente Leguía tras una serie de movilizaciones populares encabezados por el propio Víctor Raúl. Tras un largo periplo llegó a México el año 1924 donde fortaleció sus vínculos con trabajadores, intelectuales, artistas y las juventudes ya comprometidas políticamente con la revolución producida desde el año 1910 en la patria de Madero y “Pancho” Villa.
Vibrante dirigente revolucionario, Haya encontró durante el proceso de esa revolución, una fuente inagotable de inspiración y compromiso, por eso, aparece laborando al lado del maestro de la juventud y primer ministro de educación José Vasconcelos e interrelacionado con el eximio muralista Diego de Rivera, su mujer, Frida Kahlo y también, con innumerables representantes de delegaciones sindicales en su condición de delegado de la Federación Obrera Local (FOL).
Las menciones del general de la milicia revolucionaria José Doroteo Arango Arámbula, más conocido popularmente como Francisco “Pancho” Villa -quien había muerto asesinado por fuerzas contra revolucionarias en la localidad de Parral, Chiguagua-, merecieron una especial consideración.
Precisamente Villa había secundado las ideas de Francisco Madero, quien llamó a alzarse en armas el 20 de noviembre de 1910 contra el régimen de Porfirio Díaz, y en sus discursos ratificaba el mandato revolucionario de la devolución de las tierras injustamente arrebatadas a los campesinos durante la prolongada dictadura de Porfirio Díaz. Sin embargo, durante estas luchas, “Pancho” Villa formó un equipo élite de cierto nivel para la guerra y con entrenamiento para-militar –probados además en la lealtad y la más absoluta consecuencia-, a quienes se les encargaba tareas sensibles, riesgosas e importantes.
Este grupo fue conocido como “Los Dorados” y tuvo como característica principal la responsabilidad sobre el cumplimiento de las directivas del comando, velar por el cumplimiento de los principios comunes de la revolución y total identificación con el comandante Villa, a quien, por cierto, acompañarían hasta su muerte.

Francisco «pancho» Villa y Emiliano Zapata, los dos rostros de la revolución mexicana
La particularidad de esta presencia, radica en lo que inspiraban Los Dorados. Respeto entre los adeptos y temor en los enemigos de la revolución. Han sido denostados y se ha tratado de construir leyendas negras en torno a ellos, pero con la finalidad de presentarlos como unos bandidos, sin embargo, por sus características, este grupo humano reunía a los mejores cuadros de lucha, razón por la que inspiraba certeza de triunfo en las huestes de la revolución, donde aportaron creatividad, fortaleza, disciplina, inteligencia y lealtad.
Todas las historias coinciden en que “Los Dorados”, integrantes del comando original, fueron elegidos por el mismo “Pancho” Villa y es común escuchar historias y leyendas en las que el sólo nombre de Villa era asociado a su gabinete de seguridad, generando temor entre los adversarios con quienes reeditó -cual Cid Campeador o maestro del campo de guerra-, épicas victorias ganadas aún sin estar físicamente presente.
Valeroso y decidido, se estima que Villa lideró contingentes de no menos de cuarenta mil milicianos y, si bien su vida ha sido materia de muchas historias -algunas con mucho de leyenda-,  el nombre de Luz Corral aparece como el de su esposa y compañía más importante. Hasta ella llegaría el joven Víctor Raúl Haya de la Torre para trasladarle los sentimientos de su fraterno sentimiento de adhesión y de aquellas charlas, Haya no quiso dejar testimonio escrito por respeto al profundo  sentimiento en el que quedó a la muerte del general de los hombres libres. Sólo quedó el testimonio del nombre de «Los Dorados» que correspondía a hombres con un espíritu superior que conformaron un cuerpo de élite elegido entre quienes participaron en las luchas revolucionarias de la llamada “División del Norte”, unidad que precisamente comandaba Villa y que se reconocía como una legión de combate que mantuvo siempre al tope su moral y arrojo, aun en los momentos de las derrotas.
La revolución peruana
Con el trascurrir de los años, Haya de la Torre mantuvo el recuerdo de las gestas de este grupo humano, su actuar impecable y honorable, su extracción popular, la forma como se relacionaba con la población y la lealtad que le dispensaba a Villa.
Por las consideraciones expuestas, este magnífico grupo humano traía a la mente a los grupos defensistas que se alinearon con los combatientes cañaveleros que participaron de la revolución de Trujillo el año 1932 y sobre todo, la forma como marcharon éstos hacia los arenales de Chan Chan movilizados en caravanas de muerte sabiendo que serían fusilados en nombre de la sagrada lucha por la libertad.
Por eso es que, invocando este mismo espíritu guerrero, la adhesión de ideales y la pasión en la defensa de su verdad, Haya de la Torre recordó a Los Dorados y, en 1935, le encargó a Jorge Idiáquez la convocatoria “a quienes brillaban por su lealtad y disciplina en el trabajo”.  Así se formó un Comando de Disciplina que se convirtió en eje central del esfuerzo para la defensa del partido, acompañando a su causa inicial, la tarea de la seguridad del máximo líder.
Tal como sucedió en la revolución mexicana, se incorporaron experimentados y valientes hombres del pueblo quienes brindaron seguridad a locales y líderes, hasta que, la exigencia de preparación y estudio, se integraron profesionales y jóvenes que ejecutaron encargos y tareas reservadas para la inteligencia y la contra-inteligencia partidaria.
Era el momento de los probados colaboradores, gente capaz incluso de trasmitir órdenes verbales en tiempos de persecución y clandestinidad con la seguridad y confiabilidad de una absoluta fidelidad. Los primeros grupos constituyeron brigadas que contactaban los enlaces celulares con el mismísimo “compañero Jorge”, quien los escogía personalmente –como había sugerido Haya-,sobre la base de la lealtad partidaria acreditada por los dirigentes de cada zona, pero, además, por la destreza en combate y un nivel de inteligencia más alto que el promedio, por eso, aun sin armas, como en la misma revolución de Trujillo, Los Dorados conseguían objetivos en virtud a estrategias que despertaron la sorpresa de los adversarios.
La dimensión del ser
La presencia de Jorge Idiáquez en el mundo aprista creció con el paso del tiempo. Discreto y a la vez alerta, la imagen del jefe del partido estaba siempre a la par de su sombra.
Sus ojos pequeños, cubrían una mirada que parecía no tener un punto final de destino, pero que, sin embargo, observaba absolutamente todo. Guardaba celosamente los secretos más buscados por los enemigos de Haya de la Torre y con ellos se fue convirtiendo en el depositario de valores inapreciables generando una lealtad entrañable –que a menudo era puesta a prueba-, con el líder del partido.
Sin tener el don de la ubicuidad, podría estar en algún lugar por momentos, pero aún en ausencia física, su nombre despertaba la inquietud de quienes lo sentían sin verlo. Caminó aparentemente sólo por décadas enteras con paso firme y su fuerte andar era como la alarma silente de los veladores del sueño aprista en medio de cualquier noche clandestina.
Fue capaz de repeler contra-manifestaciones, organizar la defensa partidaria en todo el país y ser el garante de la intangibilidad de los bienes del aprismo.
La vida de Jorge Idiáquez ha ido de la mano con la suerte del partido al que se adscribió su familia y él mismo, desde muy joven, compartiendo además como si fuera propia, la azarosa y complicada vida del líder fundador del aprismo.
Perseguido, tuvo mil escondites que lo protegieron de las manos de la dictadura, como cuando tuvo que ocultarse en un bote en Pacasmayo evitando su captura, aunque casi naufraga al quedarse dormido con el barco a la deriva. Por eso es que encarcelado o deportado, su vida tiene un solo signo que es la del sacrificio y la Lealtad.
Furtivo enlace, correo seguro, chofer atento, guardián sin sueño, agente de beneficencia, canillita entusiasta de El Pan Caliente, propagandista impenitente y sin cansancio, vigía irredento. Protector de vidas y defensor contra la persecución criminal, pecho abierto protegiendo al Gran Timonel y también, cuando la ausencia de los dirigentes lo requería, un estupendo organizador de inquietudes y beneficencia solidaria.
Idiáquez cumplió y si pudiéramos graficar su compromiso con el aprismo, diríamos que se la jugó como los caballeros Templarios lo hicieron para la gloria del cristianismo. Este extraordinario y sencillo personaje de caminada presurosa en tiempos en los que los mejores tesoros de la causa no fueron entregados como trofeos de guerra a los adversarios, nunca dejó de proteger lo que representaba nuestro santo grial, es decir, el valor de nuestros ideales y la verdad de nuestra historia como instrumento de los pobres de la patria y el sueño bolivariano de los pueblos de Indoamérica.
Jorge Idiáquez, el compañero Jorge, fue un hombre de gran talla y de lealtades absolutas en un país en el que, como el nuestro, la pequeñez del alma, las veleidades más degradantes de los sinuosos, la pellejería de los traidores y todas las miserias de quienes venden sus adhesiones y fidelidades por dinero o un poco de poder, pareciera ser el pan diario de la miseria.
Carlos Eliseo Arístides Idiáquez Ríos, era, a sus 26 años, todo un personaje. Formaba parte de una familia entroncada al aprismo liberteño, pero su juventud lo mostraba en medio de tareas distantes de los demás jóvenes de su entorno. Era audaz, intuitivo y con un profundo sentido de la solidaridad, sin duda, este era un muchacho que se las traía.
La familia a la que pertenecía le había dado al aprismo no sólo votos y adhesiones militantes, sino, la vida de sus hijos más queridos. ¿Necesitaba Carlos Eliseo Arístides mayor carta de presentación? No. Había participado, además, –pese a su corta edad-, en algunas de las reuniones que realizaba el Comando Revolucionario que en Trujillo lideraba el comandante Agustín Haya de la Torre, líder de la Revolución de Trujillo, y luego, tras la enorme persecución desatada, partir a Huaraz y Cajamarca a efecto de establecer en dichos lugares, nuevos contactos a los que entregaba directivas del Comité Político del partido en tiempos de insurrección, tremenda tarea.
Otro grande, el profesor Alfredo Tello Salavarría, lugarteniente de Manuel “Búfalo” Barreto en la misma Revolución de Trujillo, se preciaba de “saber reconocer a la gente”. Había señalado antes a los grupos de combatientes que partirían la madrugada del 7 de julio de 1932 sin desertar ninguno de sus integrantes, desde la localidad de Laredo y ahora lo mismo sucedería, cuando vio en el joven compañero Idiáquez las extraordinarias condiciones de activista, capaz incluso de “coronar” encargos en los que sabía combinar fortaleza, inteligencia, talento y vitalidad.
Jorge, ya era un militante con una discreción singular que inspiraba confianza entre los más cercanos y además un probado en los avatares de la compleja vida política y social, tal y como efectivamente el tiempo mostraría, presentándose como  un hombre frontal y decidido siempre sobre las tareas más complicadas y difíciles, entre ellas, el de enfrentar los embates de las dictaduras y acompañar a Haya de la Torre cumpliendo labores como secretario personal y además, como su protector ante los inminentes riesgos de su azarosa vida política.
Nació un 14 de junio del año 1907 en tierras de La Libertad, en Trujillo, y en su partida de nacimiento se registra el nombre de Carlos Eliseo Arístides, un nombre demasiado largó en los avatares de esa singular vida que le tocó vivir primero entre los apremios de una familia pujante, hasta abril de 1933, cuando Haya de la Torre fue liberado por la presión mundial que recibió el gobierno de turno y se integró  de inmediato al partido, momento en el que una escueta nota de Alfredo Tello resume todo lo expuesto hasta ahora: “envío al combatiente más destacado para que lo acompañe y cuide su vida”. El joven Idiáquez sería rebautizado desde entonces con el nombre de “Jorge” y su apellido “lealtad”, ganándose desde ese momento el respeto de cada aprista.
Jorge hizo siempre más de lo que muchos esperaban y de lo que sabía hacer mejor, vivir intensamente sus compromisos y consagrarse a sus ideales. Nunca más Víctor Raúl Haya de la Torre se separaría de este leal compañero a pesar incluso, que sus vidas estarían signadas por el peligro y la más cruel persecución.
Con un sentido trascendental de la fraternidad, fue parte de un binomio de compromiso que se mantendría por mucho tiempo, salvo en 1939, y, cuando “Jorge” cae preso tras cubrir la retirada de Haya en 1972 en medio de una de las tantas oportunidades en las se libra de ser detenido o asesinado. Sólo la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado logró deportarlo a Costa Rica tras varias recapturas el 4 de julio del año 1973.
Décadas enteras habían puesto a prueba la consistencia y la resistencia de Jorge Idiáquez, pero esos mismos años muestran la valía de un aprista que se ganó literalmente, a puro pulso, su puesto al lado de El Jefe. Nadie hubiera podido presagiar la trascendencia del encargo que recibió aquel 03 de abril del año 1934 en la que envuelto en mil preocupaciones y un millón de anhelos asumió su rol de secretario personal del Jefe del partido.
La suma de circunstancias vividas llenaría Memorias completas, historias que, sin embargo, fueron confiadas en capítulo incompletos a centenares de amigos y compañeros que hace imposible una historia homologada de aventuras y encargos que se llevó consigo, en ese afán prudente de no revelar nunca los interiores de aquellas innumerables circunstancias de la historia del Perú de las que fue testigo excepcional.
El desarrollo de la vida política de Carlos Eliseo Arístides Idiáquez Ríos corresponde a sus biógrafos, en tanto la talla de “el compañero Jorge” debemos resaltarla quienes lo conocimos y vimos en su tremenda dimensión, tras la muerte de Haya de la Torre ocurrida aquel 02 de agosto de 1979, como se convirtió en el referente de la voluntad hayadelatorreana y acaso, la única voz autorizada por Víctor Raúl para hacer de conocimiento público su voluntad personal y su testamento político.
Por estas razones en muchas de las bases apristas comenzaron a celebrar cada 14 de junio, primero discretamente y luego en diversos niveles de organización, el llamado “Día de la Lealtad”, fecha alusiva al valeroso comportamiento de Jorge Idiáquez en la defensa de la vida y la salud de haya, pero, además, en tributo a su fraternidad, defensa de la organicidad y el respeto a los valores del aprismo fundacional que aparece en el calendario aprista.

 

Jorge Idiaquez despidiendo al Jefe
Tras el intenso derrotero de este gran hombre, varias leyendas lo cubren, pero es la sencillez y la austeridad de su vida la que contrasta con el enorme poder que tuvo por su cercanía al fundador del aprismo y su estatus partidario. Las historias más sensibles y las balas, se las llevó consigo enterradas en su propio cuerpo que fue escudo y hoy es emblema del aprismo.
Murió en medio del reconocimiento y amor del pueblo aprista a los 93 años de edad, rodeado de hombres, mujeres y jóvenes que respetaban su lealtad, un 26 de octubre del año 2000, fecha en la que, envuelto en bandera aprista, transitó su último recorrido al compás de la marcha aprista a los caídos en medio de esa extraña y difundida idea por la cual todos, aun viendo el cortejo fúnebre, lo seguimos sintiendo inmortal.
Quien piense que este es un homenaje tardío a Jorge Idiáquez, se equivoca, este texto es una reiteración al homenaje que se le ha tributado al haberse consignado en el calendario aprista mucho antes de morir el MES DE LA CONSECUENCIA, recordando su tributo y lealtad al aprismo desde que Haya de la Torre lo nombró su secretario personal.
Por eso el Día de la Lealtad Aprista tampoco es una casualidad o una fecha arbitraria, es una ocasión para rendir tributo a los cientos de miles de hombres y mujeres que vivieron su aprismo con entrega y desinterés toda su vida. El grito emocionado ¡JORGE LEALTAD! es por tanto la evocación de quien fue la sombra noble y valiente de Víctor Raúl.
Que la historia narre las anécdotas más bellas y cincele en el registro de la gloria del pueblo, el rol de esta alma noble, de entrega sin límites y de apasionada vida. Un hombre que como pocos, lo pudo todo y nos legó una hermosa lección de desprendimiento que se suma a una lealtad que es signo, símbolo, paradigma y literalmente, un ejemplo a seguir.