HAYA O NO HAYA

Victor Raúl Haya de la Torre, luz que se abrió al oscurantismo y venció al oprobio...

 

 

 

Han transcurrido muchos años desde que asistí por primera vez a un mitin de la fraternidad, ocasión llena de entusiasmo, colorido y multitudes que me remite inexorablemente a la historia de la fecha y, naturalmente, al entrañable valor de cada 22 de febrero en el calendario cívico de la patria.

Con Victor Raúl Haya de la Torre se cimienta el ejercicio de una nueva nacionalidad cuyo patriotismo, expresa adhesión a valores e ideas progresistas que -si bien no se recuerdan en el mejor de los momentos-, si insiste sobre la dimensión del pensamiento de un hombre cuya valía invita a sobreponerse sobre cualquier coyuntura,  celebrando, -a propósito de la fecha de su nacimiento-, una extraordinaria celebración cuyo origen se remonta sin duda, a las austeras convocatorias fraternales realizadas con el joven rector de la Universidad Popular, por obreros y estudiantes en  Vitarte, el año 1921.

En sus casi cien años, el aprismo tuvo que sortear las estrecheces de la clandestinidad y la cruel persecución con éxito para que cada febrero, las paredes hablaran, los cerros se estremecieran y en cada corazón peruano, se sintiera el corear incesante del nombre de Víctor Raúl. Sin autorizaciones, confrontados a mudar de ubicaciones por negaciones administrativas de los gobiernos, pero convocados igualmente, se llenaron avenidas, hablaron las plazas y la palabra del APRA se elevó hacia el espíritu de la peruanidad, haciendo de nuestra fraternidad, una extraordinaria oportunidad para sentir al Perú desde su más íntimo compromiso. Por eso, de marcha en marcha, de mitin en mitin, la suma entusiasta de gente humilde, marca el compás de la muchedumbre que hace suya esta fiesta secular, de la mano de ese extraordinario sentimiento que hermana compañeros y que abre la mirada hacia la realización de objetivos nacionales que superan, incluso, la inquietud partidaria, haciendo de la fraternidad, un momento para la realización unitaria y nacional de cara al  cambio que permita construir ciudadanía, pero exigiendo justicia social.

Fue el propio Haya de la Torre -a quien tuve el honor de acompañar los últimos años de su vida tratando de aprender todo lo que me era posible-, quien insistía en la naturaleza convocante, nacional, pedagógica y no personal de esta fecha  que, como era inevitable, dejó de tener efectivamente connotaciones personales y partidarias, para ser, desde hace buen tiempo, la voz de quienes sin poder hablar, expresan su rechazo a todo tipo de dictaduras y autocracias construyendo escenarios de respeto, tolerancia y libertad, compatibles con una verdadera democracia en la que Haya de la Torre siempre asumió, sin temores, su rol de liderazgo ejemplarizador.

Víctor Raúl, que es como lo conoce el pueblo pobre, murió ungido por el voto popular como presidente de la Asamblea Constituyente –donde cobró por sus servicios simbólicamente un sol-, la noche del 2 de agosto de 1979 y su cuerpo inerte, fue llevado en caravana de multitudes hacia la ciudad de Trujillo que fue su cuna y desde entonces se convirtió en su tumba. Allí, en tierras de La Libertad, en medio del hálito de una cultura milenaria, bajo una enorme piedra triangular que parece elevarse hacia el Oriente Eterno, la frase «Aquí yace la luz», señala el lugar donde fue enterrado, convirtiéndose en centro de peregrinación de quienes siguen mostrando hasta estos días -a pesar del tiempo transcurrido-, respeto y adhesión a su obra y pensamiento  que sin duda lo muestra como un valioso patriota, nacionalista y visionario cuyas ideas siguen vigentes en pleno siglo XXI.

Su heredad superó las fronteras de su partido y nutrió el paradigma en el que su recuerdo se ha convertido. Es referente del progresismo de la Izquierda Democrática Indoamericana y fuente del Socialismo Democrático mundial. A la luz del tiempo, un merecido homenaje hace que la nación lo reclame en tiempos de crisis moral, reconociendo en la vitalidad de su nombre, el faro luminoso de las grandes corrientes del pensamiento revolucionario, aquel que desde 1924 sentó las bases de un auténtico accionar por el cambio y el bien común.