¿GOBIERNA EL PUEBLO O MANDA LA TURBA?

A la luz de la historia, el llamado gobierno directo que gustan evocar los autócratas sigue siendo una aspiración a pesar que los plebiscitos y referéndums para que los ciudadanos “ejerzan por si mismos” las funciones del Estado puedan sugerirlo, cuando en realidad aquello, en términos estrictos, no sucedió ni siquiera en Grecia, donde se afirma que el Ágora reunía ciudadanos para discutir y resolver las cuestiones de gobierno, encubriendo en realidad, la preeminencia de una aristocracia excluyente en la que por ejemplo, esclavos y mujeres no tenían ninguna participación.

En el Perú, desde que se recuperó el poder para los civiles en los años ochenta, se ha tratado de construir un Estado de Derecho sujeto a las normas elementales de convivencia ciudadana, derechos humanos y una idea generalizada del bien común como norte, sin embargo, los modelos ideológicos que juegan desde la anarquía hasta la brutal dictadura, establecieron un doble rasero por el cual, “las urgencias de la población” constituyen un referente de gobernabilidad que no siempre se usa para dictar medidas y gobernar para las mayorías, ya que la oligarquía, antes terrateniente ahora financiera, siempre ha sido esquiva los modelos que, como en Europa, encontraron equilibrios en para que los sistemas de gobierno lograran una mejor distribución de la economía, lo que en nuestros países no sucedió porque los privilegios de antaño se mantienen haciendo que el Estado siga siendo una herramienta de opresión de una clase sobre otra, abriendo cada vez más las brechas que separan a ricos y pobres.

Por su parte, la informalidad nos agobia, es contra-histórica y da cuenta de una realidad cuya economía está basada en modelos excluyentes que promueven una neo cultura chicha que juega a usar modales democráticos en las formas, pero autoritarios e ilegales en el fondo, convirtiendo nuestra endeble democracia representativa, en un modelo cada vez mas inexplicablemente imperfecto, precisamente para que no cubra las expectativas de la gente y de esa forma el escepticismo la degrade, a pesar incluso que surge legítimamente desde una elección popular que al poco tiempo, se convierte en fuente de desaliento al ser petardeada desde una prensa interesada que la deslegitima, imponiendo, sólo el interés del gobernante adornado de “verdades y consensos” que éste logra en medio de una muchedumbre (muchas veces minoritaria pero aparatosa) que es movilizada al compás de la mano de titiriteros que se erigen como los grandes jueces que pueden hacerlo todo, incluso, cuestionar las decisiones de Estado.

En este escenario, cuando un joven y perturbado fiscal puede dejar la prudencia impresionado por los reflectores y la fama mediática para cuestionar decisiones institucionales en materia jurisdiccional, la cosa es mas seria de lo que nos imaginamos porque la conducta autoritaria del régimen comienza a expandirse entre quienes entienden al país dividido entre buenos y malos, dándole a la población el terrible mensaje que todo está en entredicho, alentando una turba que desafía al sistema y reniega de todo.

Este es un gobierno que no construye nación, que no ve el futuro como una posibilidad, que no educa al soberano, ni forma ciudadanos, pero que administra la crisis pescando a rio revuelto y olvidando que un pueblo que no aprende de sus errores, está condenado a repetirlos. Al respecto, saltan los ejemplos tras recordar el drama del presidente Leguía quien purgó prisión y murió en ella, así como, la ejecución de los hermanos Gutiérrez quienes, abusando y manipulando a las masas lograron éxitos pasajeros, pírricos, pero luego…

Cuidado con quienes elevan a los altares al gran señor de la calles, ese que sin rostro, ni sentimiento, pareciera decidirlo todo en medio del oscurantismo que prevalece y que encubre groseramente a quienes en la sombra sostienen al presidente accesitario que gobierna con encuestas en la que las preguntas van en todos los sentidos imaginables, pero siempre, condicionadas –cual espada de Damócles-, a una verdad maniquea: “lo que la calle mande”.

Este es un gobierno que no construye nación, que no ve el futuro como una posibilidad, que no educa al soberano, ni forma ciudadanos, pero que administra la crisis pescando a rio revuelto y olvidando que un pueblo que no aprende de sus errores, está condenado a repetirlos. Al respecto, saltan los ejemplos tras recordar el drama del presidente Leguía quien purgó prisión y murió en ella, así como, la ejecución de los hermanos Gutiérrez quienes, abusando y manipulando a las masas lograron éxitos pasajeros, pírricos, pero luego…

Alguien debería pasarle la voz al despistado Martín Vizcarra que nos gobierna sobre el ánimo de esas masas que hoy lo aplauden y que mañana también lo acompañaran, pero al cadalso, recordándole que si esto sigue así, su cabeza, en bandeja de plata, será llevada por las mismas lloronas vestidas de riguroso negro que hoy lo adulan -en incomprensible alianza caviar-, pero en cuyas faldas esconden la hoz y el martillo, armas con las que apenas puedan, le darán la estocada final.

 

 

 

 

 

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