EL EVANGELIO SEGÚN HAYA DE LA TORRE

Una protesta popular que cambió la historia del Perú…

TRAS LAS HUELLAS DEL 23 DE MAYO

El 23 de mayo del año 1923 se forjó la alianza Obrero-Estudiantil y definió el nuevo curso de la historia signado por una firme actitud de los trabajadores manuales e intelectuales. Esta fecha debe ser considerada como un momento singular, acaso un hito que define la participación de la gente en defensa de la libertad de conciencia y el imperio del más amplio y respetuoso espíritu laico.

El rechazo que producía la dictadura del oncenio de Augusto B. Leguía se debatía en medio de un ambiente de crisis económica y política, distante de las promesas que dieron origen a su discurso de la “Patria Nueva” pero lleno de maniobras que ponía en duda permanentemente el destino de la patria los trabajadores y los estudiantes habían experimentado los beneficios de una alianza que le arrancó al estado por una lado, la jornada de las ocho horas de trabajo y por el otro, la reforma universitaria.

El sobre endeudamiento, la farra sobre los dineros públicos y la obsesión del presidente Leguía de auto-prorrogar su mandato gubernamental a través de una serie de dispositivos legales que violaban la Constitución promulgada en 1920 -vigente en ese momento-, fueron el caldo de cultivo al que se sumó el olvido de las provincias determinando el desprecio de las masas por el gobierno leguiísta.

Es ese el contexto que el presidente Augusto Bernardino Leguía, a través del Arzobispo Emilio Lissón, cedió a la tentación de “usar una instrucción pastoral” con la finalidad de “consagrar el Perú al Sagrado Corazón de Jesús”, pero con claro afán político, tratando de obtener ventaja sobre la fe y el noble sentimiento católico del pueblo que, tras pretendida medida, “lograría” ampliar su respaldo popular.

Descubierta la maniobra, la respuesta tuvo gestos de repudio inmediato que provino de diversos sectores sociales que denunciaban un atentado contra la libertad de conciencia. Desde diversas instituciones confesionales cristianas, la Universidad Popular González Prada y la Federación Obrera local (FOL), se hizo sentir la voz de Víctor Raúl Haya de la Torre  que lideró esta protesta popular, volcando al pueblo a las calles.

Desde las 4 de la tarde del día 23 de Mayo de 1923, en el paraninfo y el Patio de Letras de la Universidad de San Marcos ubicada en el Parque Universitario, en el mismo centro de la ciudad de Lima, una multitudinaria asamblea popular avaluaba las connotaciones de los acontecimientos. Incluso, la representación de Asociación Cristiana de Jóvenes y otras instituciones cristianas participaron activamente  en contra de la evidente maniobra gubernamental. En medio de la asamblea se dio cuenta de una orden de detención que pendía sobre Víctor Raúl Haya de la Torre, por lo que la asamblea designó al obrero tranviario Salomón Ponce Ames para que, burlando el cerco policial impuesto sobre el local universitario, ayudarÍa a Haya de la Torre a ingresar a la asamblea sin contratiempos.

Haya presidio la asamblea en un ambiente de tensión. Suscribió la moción de la Federación de Estudiantes del Perú (FEP) que denunciaba la desnaturalización de los fines del Estado al intentar una consagración religiosa, política y oficial. Dicha moción fue aprobada y la maniobra gubernamental  mereció el rechazo unánime de los asistentes, quienes se ratificaron en la defensa de la libertad de pensamiento y decidieron, obreros y estudiantes juntos, salir a las calles y expresar su rechazo a la dictadura.

La muchedumbre avanzó firme y segura rumbo a la  Plaza de Armas y en la Avenida Nicolás de Piérola fue confrontada con  las tropas de la Guardia Republicana que logró “romper momentáneamente” la manifestación. Un grupo continuó hacia la Plaza San Martín, en tanto los demás, encabezados por el propio haya de la Torre, continuó por una calle adyacente llamada De Huérfanos.

Los primeros disparos del destacamento de guardias ubicados en la Iglesia de dicha calle (De Huérfanos) –ubicada exactamente en la esquina previa a la avenida La Colmena, la caballería daba cuenta del inicio de su embate fatal. Eran las siete de la noche y Haya de la Torre avanzaba protegido por un grupo de obreros encabezados por el motorista Salomón Ponce.

La masa respondió con bloques y piedras encontrando al su paso solo adhesión y solidaridad. En medio de una lucha desigual e injusta en el que el objetivo era uno solo para la policía: encontrar vivo o muerto a Haya de la Torre, hubo un momento en el que fue inevitable que el propio Haya de la Torre confrontara, salvo de un sablazo que finalmente recibió el estudiante Eduardo Colfer,  entonces la voz del joven presidente de la Federación de estudiantes retumbó en una oración que le dio sentido a su lucha: “El tirano esta asesinando a estudiantes y obreros… Vengan, vengan… A la Plaza de Armas… A gritárselo a la cara. A decirle que aunque asesine jóvenes, el pueblo se impondrá… Vamos… Mueran los asesinos… Mueran los criminales…”

La crisis se acentuaría y,  tras la protesta multitudinaria, la Federación Obrera Local decreta un Paro General. Al día siguiente, la asamblea de obreros y estudiantes nuevamente reunida, da cuenta del horror producido por la agresión a los manifestantes y la muerte, precisamente,  de un estudiante y un obrero. Una nueva manifestación recorre el centro de la ciudad en tanto el ánimo de llegar a la morgue para presenciar las autopsias de Salomón Ponce y Alarcón Vidalón cobraba mayor interés ya que corrió el rumor que el gobierno había decidido sepultarlos en forma clandestina.

A las 3 de la tarde, rodeado el edificio de la Morgue de Lima y pese a reguardo de soldados con  armas de guerra,  la muchedumbre se impuso cumpliendo el acuerdo notificado por Haya de la Torre en el sentido de llevar los cadáveres a la Universidad para su funeral.

Frente a la negativa gubernamental, Haya de la Torre pronuncia un encendido discurso y distrae a los gendarmes, en tanto sobre el ataúd de Salomón  Ponce, se colocó el cadáver del estudiante Manuel Alarcón Vidalón, sustrayéndolos del local mortuorio ante la sorpresa de la caballería que arremete contra la muchedumbre y, en medio de golpes  y las heridas producidas por los sables, no puede impedir que la masa recorra las once cuadras que separan la morgue de la Universidad con los cadáveres sobre los hombros de la gente.

En el Salón de Actos de la Facultad de Letras,  levantada la capilla mortuoria, una infinidad de actos personales dan cuenta de la importancia de lo  sucedido el 23 de mayo, momento en el que al compás de la Internacional Anarquista, también se escucha el “Himno de los Estudiantes Latinoamericanos” cuya letras resalta a la “Juventud, juventud, torbellino, soplo eterno de eterna ilusión…”.

Esa misma noche, el gobierno  insiste en la captura de Haya de la Torre, cree que los actos de homenaje a los muertos de la jornada de lucha son propicios para detenerlo y a la vez evitar más movilizaciones. Rodeados, los estudiantes Luis  Heysen y Enrique Cornejo Koster, junto con el obrero Colfer, provistos de gasolina, generan un incendio desde la torre del observatorio del local, generando un incendio distractivo para lograr escapar y movilizar a la gente.

El gobierno del presidente Leguía destituiría al Intendente de Lima ante el desborde de la protesta y el hecho que evidente su incapacidad de asaltar la universidad. Hacia las 3 de la madrugada, el gobierno cede y otorga garantías para el funeral, pero “solo por cuatro horas, restituyéndose luego, el estado de sitio y la Ley Marcial”.

A las 10 de la mañana del 25 de Mayo, se inició el impresionante desfile que algunos calcularon en casi 30,000 ciudadanos encabezados por Haya de la Torre quienes partieron del local de la Universidad de San Marcos, hasta donde llegaron diversas delegaciones que se sumaron con vistosas banderolas  e innumerables arreglos  florales.

 

Ya en el cementerio, Manuel Beltroy por los intelectuales, Humberto García Borja, por los profesores de San Marcos, Haya de la Torre por las Universidades Populares y Luis F. Barrientos por la Federación Obrera Local brindaron encendidos discursos, en tanto con la frase: “El quinto no matar”, Haya de la Torre graficaría el momento cumbre que precedió al elogio de la combatividad y la resistencia de una juventud estudiantil que encontró en la hermandad y la solidaridad obrera, el “sello ejemplar de una fraternidad indestructible en la lucha viril e indeclinable por los ideales eminentes, coronada por el glorioso martirio que les ha impuesto la injusticia brutal del despotismo”.

Finalmente, un decreto del Arzobispo de Lima anunciaba en la discreción de las parroquias de Lima, la suspensión de la ceremonia de “Consagración de la República al Sagrado Corazón de Jesús”, sin duda una real victoria de la libertad de conciencia y el pensamiento libre.

El gobierno continuó intentando capturar a Haya de la Torre “vivo o muerto”, razón por la que sería protegido desde entonces por los obreros de la Universidad Popular, quienes vigilaron sus refugios, incluyendo el mausoleo de la familia Billinghurst y la casa de su amigo Oscar Herrera.

Haya de la Torre fue acusado de todo para poder justificar la orden de detención que pendía sobre él. Para el gobierno fue el gestor de un soviet local, autor intelectual y material de acciones subversivas, activista anti-religioso, depositario de ilegal financiamiento internacional y agente del imperialismo inglés por una fotografía social de Haya de la  Torre con la familia del director del colegio Anglo-Peruano John Mackay en la que aparecen al lado de una bandera británica.

Diversos pronunciamientos entre los que destaca el de la Federación Obrera Local (FOL) exigen que “cese el acoso al compañero Haya de la Torre, sea puesto en libertad, y goce de amplias garantías”. La respuesta del gobierno fue clara. Fueron clausurados los locales de las Universidades Populares y casi todos los locales obreros, deteniendo estudiantes y obreros. El ejército ocupó las calles y se vivieron ocho días en estado de sitio.

Haya de la Torre fue finalmente apresado y se repetían a diario los choques y enfrentamientos en calles y plazas con la protesta. Desde la prisión de San Lorenzo, Haya de la Torre produjo la primera huelga de hambre de trascendencia política- sindical. Por 8 días en los que no probo alimento alguno denunció las inhumanas condiciones carcelarias en las que vivía su encierro y, tras lo sucedido, el gobierno finalmente decidiría deportarlo.

El joven líder marchó al destierro ante la protesta general del pueblo y la intelectualidad, con destino a Panamá, en el vapor “Negada” el 12 de octubre de 1923 no sin antes dejar registrada con fecha 3 de Octubre de 1923 la siguiente proclama: “Si he de marchar al destierro, algún día he de volver. Retornaré a mi tiempo, cuando sea llegada la hora de la gran transformación. Ya lo he dicho y lo repito: sólo la muerte será más fuerte que mi decisión de ser incansable en la cruzada libertadora que América espera de sus juventudes, en nombre de la Justicia Social”. Y así sería. Amen.