DE OFICIO, FELÓN

Elecciones y electorerismo…

Cada vez que pienso en el APRA viene a mi mente la fortaleza de su unidad y los valores que la hicieron trascendente. La disciplina, su organización, el entendimiento de los liderazgos como resultado de una ejecutoria militante que siguen siendo elementos de primer valor, pero que marcan un antes y un después en la política, tal y como la conocemos estos días.

Veamos. El Partido del Pueblo, a pesar que sufre una crisis que le ha significado un público retroceso en las preferencias electorales, sigue manteniendo importancia en el contexto de la lucha política, razón por  la cual, de sus momentos difíciles, surgen esfuerzos críticos y autocríticos que permiten su recomposición partidaria y el correcto entendimiento de las complejas relaciones entre los ciudadanos y las representaciones que, por cierto, también han ingresado en un nivel de cuestionamiento sobre el que bien vale la pena reflexionar, sobre todo ahora, que ha terminado esta campaña electoral que perturbaba la reflexión serena sobre la importancia de los partidos, su unidad y consistencia como ejes de la democracia representativa.

La política se sustenta en movimientos y partidos construidos sobre idearios y obras, con adhesiones que aspiran –en el caso del PAP-, a cambiar las cosas, procurando un estado real de bienestar para los ciudadanos y, en ese esfuerzo, las fuerzas conservadoras procuran la defensa de sus privilegios produciéndose una lucha dura y difícil  en donde el aprismo establece sus objetivos de cara a una realidad política que le urge atender.

Pero, cuando en medio de ese proceso, salpicado de desaliento y campañas que anuncian el fin de las ideologías o el ocaso de los partidos políticos, surgen voces que incitan al abandono de los valores partidarios y de los partidos en si mismos, para «un ejercicio pragmático de la política» en donde el transfuguismo hace de las suyas y conspira contra la unidad del movimiento  que, de pronto, se ve sometido a las miserias de la traición por el acomodo de quienes sin inmutarse, hipotecan el destino colectivo por intereses personales, poniendo en juego el destino de la organización y supeditando el prestigio y el trabajo de toda la colectividad que conforma la organización misma -al más viejo estilo civilista-, a la perspectiva de intereses menores.

El aprismo no merece esto, pero sucedió con quienes fueron tentados por el dinero, cargos públicos, impunidad y grados de poder transferibles, razón por la que, más allá de los resultados electorales mismos de este momento, ingresar en esta campaña nos permite observar de cerca el destino de unos y otros, entendiendo la prueba difícil que les ha tocado vivir a los militantes del Partido del Pueblo que no han visto su estrella en las células, pero que por otro lado, han dado muestra ejemplar de fidelidad al reclamar enérgicamente lealtad a sus símbolos y valores institucionales, con éxito.

Queda firme la enorme posibilidad que, tras lo vivido, se pueda releer la realidad en el aprismo, midiendo la fortaleza de los enemigos de siempre, pero además, también del perverso sentido de la acción cainita de quienes llamándose “compañeros” hasta hace muy poco, no dudaron en servir “en bandeja de plata” sus diferencias, tratando irónicamente de ganar votos entre el universo de los adversarios, pero dividiendo gratuitamente a su partido.

En algún caso, no fue suficiente la advertencia formulada, ni alertar sobre como la derecha infló la votación del felón en ocasión anterior tratando de confundir a nuestras masas, exactamente como se hizo en el pasado, para dividirnos. Hubo quienes no aprendieron la lección y entonces, los errores se volvieron a cometer.

Hoy, la elección ha sido clara y ratifica las lecciones básicas de la política: El dinero no siempre lo decide todo, el antiaprismo no nos concede nunca mayor posibilidad que la voluntad del pueblo, la soberbia no ayuda en política, la moral sigue siendo un elemento trascendente, a cada quien la sabiduría popular le cobra sus culpas, la traición no paga y, a los seguidores del felón, sólo les queda el ostracismo de la miseria… sabiduría pura le dicen.