CONTRASENTIDO Y DRAMA EN LA POLÍTICA

Cada crisis pareciera ser el fín, sin embargo…

La política es la administración del poder y su ejercicio guarda relación con el origen y la vocación de quienes lo detentan. Tiene que ver también con la cultura y los estilos de vida y, aunque su desarrollo ha sido poco uniforme en la región, se ha visto sometida en diversos tramos de nuestra historia a intereses poco felices, razón por la cual la lucha por conquistarla sigue siendo intensa, violenta y sin mayor éxito para los pobres.

En estos tiempos,  cuando se cuestionan  a casi todos nuestro ex gobernantes y se investiga a empresarios, políticos, dirigentes gremiales, líderes profesionales y hasta al mismísimo Arzobispo de Lima, las cosas se tornan particularmente complicadas en medio de un escenario donde la realidad pareciera haber vencido finalmente a la ficción y, tras cada escándalo, cada personaje, cada acto que se estrena, parece aparecer  un drama distinto que en realidad es más de lo mismo porque confirma el imperio de esa tendencia humana a “omitir reglas”, a vivir en medio del sinsentido y hasta convivir con  lo torcido, perspectiva perniciosa por la cual nuestras sociedades las cosas se comenzaron a construir con marcados desniveles sólo para que los que caminan de esa manera, no queden en evidencia.

Un problema simultáneo puede ser además haber aprendido a convivir con las  mañas de los zamarros, en el mundo de los pillos, junto a los criollos y de “pepe el vivo”, donde todo se arregla, donde todo tiene un precio y se decide por el «toma y daca», es decir, todo signado por un ánimo corrupto  en su más amplio y desenfadada presencia, sin perjuicio de lo cual, lo patético resulta ser que nuestros problemas ni siquiera tienen que ver con esa doliente realidad descrita y apañada por quienes defienden el estado de las cosas, sino, con la terrible apatía con la que la mayoría de los ciudadanos conviven con esa realidad, entendiéndola además como “más de lo mismo”, “como parte de nuestra fatalidad” o simplemente, como “una realidad contra la que no se puede hacer absolutamente nada”, al punto de convertirla en  su modo de ser, elemento perverso que desnaturaliza el sentido de Nación y patria en favor del acariciado sueño del antisistema, en donde la política se convierte en un tema del pasado, superado, y su sola alusión, genera un rechazo que parece unánime.

Pírrica victoria ésta de quienes desde finales del siglo pasado hablan del fin de las ideologías y el ocaso de los partidos políticos que pone en evidencia por lo demás, el que cuando las sociedades comienzan a retroceder, son los valores lo primero que se pierde y la violencia -en cualquiera de sus formas-, toma el control imponiendo una cultura de oscurantismo e impunidad que envuelve absolutamente todo, bajo un manto de incredulidad y suspicacia del que se aprovechan los que hacen de la política vil negocio culpable, cerrando los ojos vigilantes e imponiendo desesperanza porque cada quien mira sólo lo suyo, momento en el que se detiene de golpe el valor del presente, anulando toda posibilidad de futuro.

Cuando la política pasa a ser una herramienta para satisfacer intereses propios o de pequeños grupos, la realpolitik cobra un sentido inherente a la supervivencia misma del sistema y debe oponerse al puro maniqueísmo, desterrando la demagogia sumada a la lógica perversa de quienes reclaman perseguir al ladrón pero sólo para no ser perseguidos. Desde ese mismo momento, hay que ir en busca de las buenas prácticas ciudadanas (aparentemente pérdidas), del sentido trascendente del servicio de la política, en tanto, se avanza hacia lo estrictamente posible por sobre lo políticamente correcto.

Esa es la ruta atendiendo que las reformas verdaderas son una necesidad estructural y el gobernante debe estar a la altura de su responsabilidad, asumiendo con visión de estadista, un gran proyecto de recuperación nacional que insista primero, en reencontrar los paradigmas de la patria, desterrando la legislación intrascendente y de coyuntura que arranca aplausos a la platea, en tanto el pueblo, debe convertir la protesta en el un sano ejercicio del derecho que aporta.

¿Es entonces posible una mirada proactiva en estos tiempos? Si. Superar esta tragedia nacional que vivimos tras audios y videos que nos golpean el rostro, pasa por superar la ausencia de valores en todos los planos en los que interactúan los ciudadanos. El rescate de nuestra visión de Nación ayudará a demostrar que no todo está perdido, que existen personas e instituciones que han preservado el sentido unitario de la nación y que nos salva de la hecatombe, el que, aún a costa de lo perdido moralmente, en tanto se apliquen sanciones drásticas a quien infrinja la ley, debemos construir todo un andamiaje que permita rescatar al hombre como ser social.

Tal vez un buen inicio sea voltear la mirada a prohombres de nuestra historia y encontrar en la relectura de Victor Andrés Belaunde, Victor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui,  y  esa ruta perdida en la que hay que volver a mirar de frente, aprendiendo a cuestionarnos descarnadamente y asumiendo siempre la verdad del pensamiento como un instrumento dialéctico de un mejor ser, ese que nos hará realmente libres.

Sólo así desterraremos el “quítate tú, pa´ ponerme yo”, dando paso a una real y objetiva valoración de las capacidades que tome conciencia, de paso, de la forma en la que vivimos y la necesidad de encontrar nuevas y urgentes formas de convivencia ciudadana, claro, sino queremos confrontar en el futuro muy cercano, quiebres y rupturas de consecuencias insospechadas sobre la que nos volveremos a reencontrar lamentándonos una vez más, de ese círculo vicioso de errores que repetimos desde siempre y del que pareciera nunca aprendemos absolutamente nada.