CIRCO, PODER Y VERDAD ESQUIVA

 

 

 

 

 

El drama de una tragi-comedia por capítulos…

Someter a la gente a espectáculos sin sentido, parece reducir la política al mezquino objetivo de mantenerlos alejados de los problemas reales, los de fondo y, de paso, someter al país en su conjunto, a la agonía de mantenerse suspendido en un hilo tras funciones continuadas de un circo mediocre que logra el aplauso del respetable vía un combo perturbador de morbo y neopolítica que ha postergado la agenda pública que en estos días registra signos de titulares de prensa amarilla, en tanto la corrupción y la impunidad pasan piola resaltando los atributos de personajes que son absolutamente buenos o absolutamente malos, según el interés del titiritero que dirige las funciones.

Vivimos un desfile grosero de culpables (algunos no tan culpables y otros mucho más delincuentes de lo que parecen) quienes, por el sólo mérito de delatar (o inventar), terminan convirtiéndose en personajes de mucha sintonía en medios de comunicación y eficaces patriotas que lavan sus penas, bajo el imperio de miserias que se juzgan al compás y libre albedrío de unos llamados operadores de justicia, que fungen de árbitros exhibicionistas de un poder mediático del que gustan hacer gala en horario estelar, sacrificando la imparcial y correcta administración de justicia por pagar favores al poder de turno.

Cual gladiadores de vieja data, los infelices acusados compiten en las arenas del circo por culparse entre ellos o ponerse a buen recaudo pensando evitar de alguna manera la muerte civil, aspirando ganar un tiempo adicional de libertad que saben, dependerá del ánimo palaciego o su necesidad de ganar titulares para aumentar su popularidad. En tanto un público, adobado en morbo y sediento de sangre y sufrimiento, goza de la función mientras se cae a pedazos el edificio institucional que los alberga, llevándose de encuentro, de paso, los valores y paradigmas que hicieron posible nuestra vida en común como pueblo y Estado en nuestra aún incipiente democracia.

El daño es incalculable. Estudiando las características del desarrollo de la crisis que vivimos, convenimos en que el debilitamiento del sistema lo hará colapsar en lo que parece corresponder a una edad previa a la civilización en la que la modernidad, termina siendo sólo una nomenclatura intrascendente ya que la situación, refleja el desarrollo de una tragi-comedía con guion mediocre que pretende mantener en el poder a quienes no aportan absolutamente nada, han barbarizando la política y se empeñan en mantener en el absoluto oscurantismo a un pueblo al que pretenden mover entre la infamia y la ignorancia, ruta empedrada y funesta del desconcierto y la improvisación que por el que ya han transitado  algunos para llegar al gobierno.

Estamos a tiempo, reforzar la crítica y mantener el discurso orientador que cultive el alma y la razón del pueblo es una posibilidad. Exacerbemos la capacidad intuitiva de la gente, rechacemos en conjunto la trama de llanto en capítulos que nos vende a diario el gobernante de turno y volvamos a nuestra idea nacional de futuro que se nos pretende negar. La posibilidad de reencontrarnos como nación con futuro sigue presente, es posible y no nos es esquivo. Avancemos tras las huellas de Victor Andrés Belaúnde, Victor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui y entonces encontremos esos valores que defienden nuestra heredad patriótica en la misma línea que la sentencia del libro más antiguo de los libros sagrados que consagra que sólo la verdad nos hará libres.

Someter a la gente a espectáculos grotescos y sin sentido, parece reducir la política de estos tiempos, al mezquino objetivo de mantenerlos alejados de los problemas reales,  los de fondo y, de paso, someter al país en su conjunto, a la agonía de vivir suspendido en un hilo tras funciones continuadas de un circo mediocre que logra el aplauso del respetable vía un combo perturbador de morbo y neopolítica que ha postergado la agenda pública.

Vivimos en medio de signos de titulares de prensa amarilla que promocionan medios de comunicación co responsables de la crisis, en tanto la corrupción y la impunidad pasan piola, resaltando los atributos de personajes que para los periódicos son absolutamente buenos o absolutamente malos, según el interés del titiritero que gobierna el país y de paso, dirige las funciones.

Un desfile grosero de culpables (algunos no tan culpables y otros mucho más delincuentes de lo que parecen) cuyo único mérito es el proveer mucha sintonía en medios  lavando sus penas, bajo el imperio de miserias que se juzgan al compás y libre albedrío de unos llamados operadores de justicia, que fungen de árbitros exhibicionistas de un poder mediático del que gustan hacer gala en horario estelar, sacrificando la imparcial y correcta administración de justicia por pagar favores al poder de turno, en tanto cual gladiadores de vieja data, los infelices acusados compiten en las arenas del circo por culparse entre ellos o ponerse a buen recaudo pensando evitar de alguna manera la muerte civil, aspirando ganar un tiempo adicional de libertad que saben, dependerá del ánimo palaciego o su necesidad de ganar titulares para aumentar su popularidad, en tanto un público, adobado en morbo y sediento de sangre y sufrimiento, goza de la función mientras se cae a pedazos el edificio institucional que los alberga, llevándose de encuentro los valores y paradigmas que hicieron posible nuestra vida en común como pueblo y estado en nuestra aún incipiente democracia.

El daño es incalculable. Estudiando las características del desarrollo de la crisis, convenimos en que el debilitamiento del sistema lo hará colapsar en lo que parece corresponder a una edad previa a la civilización cuya “modernidad”, termina siendo sólo una nomenclatura intrascendente ya que la situación refleja el desarrollo de una tragi-comedía -con guion mediocre-, que pretende mantener en el poder a quienes no aportan absolutamente nada, han barbarizando la política y se empeñan en mantener en el absoluto oscurantismo a un pueblo al que pretenden además mover entre la infamia y la ignorancia, ruta empedrada y funesta del desconcierto y la improvisación por el que ya han transitado  algunos para llegar al gobierno.

Estamos a tiempo de probar que los partidos constituyen ejes del desarrollo social, son columnas del bien común y capaces de evaluar críticamente su desempeño, corrigiendo rumbos, reorientando el discurso, modernizándose, pero, sobre todo, señalando y condenando al corrupto.

Reforzar la crítica y mantener el discurso orientador que cultive el alma y la razón del pueblo es una necesidad. Exacerbemos la capacidad intuitiva de la gente, rechacemos en conjunto la trama de llanto en capítulos que nos vende a diario el gobernante de turno y volvamos a nuestra idea nacional de futuro que se nos pretende negar. La posibilidad de reencontrarnos como nación con futuro sigue presente, es posible aún y no nos es esquivo. Avancemos tras las huellas de Victor Andrés Belaúnde, Victor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui encontrando esos valores que defienden nuestra heredad patriótica en la misma línea que la sentencia del libro más antiguo de los libros sagrados que consagra que sólo la verdad nos hará libres.