A PROPÓSITO DE LEALTADES Y TRAICIONES

El perverso antagónico en política

En tiempos particularmente duros como los que vivimos, la lealtad tiene un valor que hay que resaltar. Es una virtud cada vez más difícil de encontrar ya que está vinculada a personas que aspiran al cumplimiento de compromisos y honrar la palabra, aun cuando las circunstancias sean adversas.

La lealtad es, como ha sido definida conceptualmente,  una actitud que debe cobrar sentido desde las más íntimas convicciones porque se sustenta en consideraciones y presupuestos que deben regular la vida social de las personas, cuanto más, si éstas se adhieren a ideas o se inscriben en movimientos políticos por eso su invocación alude conductas irreprochables y a la fidelidad, nunca a complicidades malsanas.

Las organizaciones se constituyen bajo la premisa de objetivos y sus planes y programas deben estar en concurrencia con esos ideales, pero deben también, guardar relación con plataformas que a su vez deben ser el resultado de consensos en torno a lo que se llama el interés común que los agrupa, o, como resultado del imperio de la voluntad de las mayorías,  sobre todo, cuando ésta se reputa democrática.

En los últimos tiempos, hay quienes valoran superlativamente los llamados “votos de conciencia” que son en realidad, túneles de escape o mecanismos utilitarios que sirven para librarse de los compromisos de los que hablamos, una excusa, sobre todo, cuando en algún momento algún acuerdo o posición resulta incómoda o contradictoria con los intereses individuales. Por eso es que los votos disímiles dentro de los colectivos partidarios expresan en realidad discrepancias, quedando claro que cuando esto se produce, es porque estas diferencias en el fuero interno son insalvables y por tanto, incompatibles con la naturaleza del debate democrático ya que en él,  los acuerdos a los que se arriban cifran su expectativa en el concepto ulterior de defensa de la unidad y la disciplina –incluso dentro de la diversidad-, por lo que no son admitidos los votos singulares.

En tiempos en los que la política parece haberse divorciado de la decencia, las aparentes discrepancias aparecen para hacer de las suyas en el imperio del libertinaje so-pretexto de una libertad individual (con apellido de libertinaje) que, como es sabido, debilita las columnas centrales de cualquier organización haciendo imposible una posición institucional. Hay aquí varios asuntos pendientes que tienen que ver con la definición de los intereses que mueven estas opiniones y a quienes representan ya que existen casos en los que votando de la misma forma, los resultados expresan formas distintas de entender un tema y entonces allí, hay que escudriñar sobre cuáles son los apremios, motivaciones e intereses que determinan el sentido y la forma de votar en un sentido u otro, pero ese, es otro tema.

La lealtad  en sí misma no tiene nada de extraordinario por los vínculos de asociación o amistad, por eso, partidariamente hablando, requiere comprender y atender cabalmente cuál es el sentido de la fidelidad política sobre todo cuando esta se inicia como un proceso consiente de adhesión a los códigos que rigen la vida institucional y, naturalmente, a las ideas que los llevan a vincular en consecuencia a una serie de compromisos pactados como resultado del valor superlativo del mandato que representan, ratificando siempre, la expresión de las mayorías, incluso más allá de la coyuntura misma, esa que algunos usan para justificar posiciones en la que los intereses como ya hemos dicho, son los que mueven los hilos de las llamadas posiciones individuales –en estos tiempos-, llamados también de conciencia.

La lealtad requiere necesariamente de una valoración objetiva y ética que sea comprobable desde la perspectiva de los compromisos que, en términos  generales, aluden siempre una conducta de honor y respeto exigible, valores que por ejemplo Víctor Raúl Haya de la Torre propuso incorporar  a la política en medio de una práctica de servicio singular y absolutamente distante de las ventajas del acomodo, el poder por la vanidad y la suntuosidad adictiva del poder mismo, condenando ferozmente a quienes han hecho de la política, vil negocio culpable.

Así como se jura fidelidad a la Nación, a la patria, a la bandera y a la familia, prometer lealtad al partido constituye un elemento trascendente y su incumplimiento es punible desde todo punto de vista. La lealtad partidaria es la base del contrato político que se reconoce además como un mecanismo que debe regular la conducta de quienes intervienen en esa actividad, por lo que de lo dicho se colige que hay que tener mucho cuidado cuando se alude conductas leales con la facilidad gramatical de un término que es confundido habitualmente con la simple gratitud o el ejercicio cabal de las obligaciones de una profesión, arte  u oficio. Por tanto, cumplir con el ejercicio de tareas inherentes a labores habituales, o guardar confidencialidad sobre hechos conocidos, no tiene que ver con la  lealtad en sí misma, sino con el cumplimiento de deberes.

La lealtad partidaria y política tiene -en el caso del aprismo con mayor sentido-, una doble connotación, ha sido el elemento que ha distinguido al movimiento por encima de la práctica usual de la política local y ha servido como herramienta de valoración y éxito porque ha constituido el secreto mejor guardado de su resistencia  y de su presencia social, pero además, es también un instrumento para vencer al antagónico de la lealtad que es la falta de honor, vulneración anti política del sentido trascendente de la militancia partidaria y la obligación de cumplir con los acuerdos  expresos o tácitos graficadas en el sostenimiento de posiciones previamente debatidas y acordadas en el seno del colectivo, donde además, la mayoría adopta decisión que las minorías deben respaldar.

Finalmente, frente a las discrepancias insalvables, dejar de lado la conducta facciosa es difícil porque esta es motivada por un conjunto de reacciones de corte psicológicas y emocionales, pero posible en la medida que siempre existe el digno camino de la abstención, la renuncia, o el alejamiento ya que en la vida, en el amor y en la política se puede ser leal mucho tiempo y en un solo minuto dejar de serlo.

Y es que cometer un acto de infidelidad política y por tanto, faltar al honor del compromiso adquirido al momento mismo de la adhesión al colectivo, es pasar de ser leal, a ser un simple miserable, un felón, un traidor.

 

 

 

 

 

 

gráfico:frascodecitascom